Cordura en tiempos de la locura compartida

En un mundo de locos, solo los locos están cuerdos. — Akira Kurosawa
—¿Qué perdura después de esta línea?
La paradoja de la frase
Kurosawa condensa un giro paradójico: si el mundo entero enloquece, la verdadera cordura parecerá locura a ojos de la mayoría. No se trata de exaltar el delirio, sino de señalar que la medida de lo cuerdo depende del marco colectivo. Así, quien se resiste a una normalidad demente —sea esta violencia, deshumanización o autoengaño— inevitablemente quedará marcado como “raro”. Esta tensión invita a redefinir la sensatez no como ajuste ciego, sino como lucidez crítica. A partir de aquí, la pregunta se desplaza de la psicología individual a la estructura social: ¿qué ocurre cuando las normas mismas se desvían?
La norma como delirio
La investigación social muestra cuán frágil es nuestro juicio frente a la mayoría. Los experimentos de conformidad de Solomon Asch (1951) revelaron que personas corrientes llegan a afirmar errores evidentes con tal de no desentonar. En contextos de cámara de eco, la repetición vuelve verosímil lo absurdo, y el disidente queda etiquetado de “excéntrico”. Por ello, en un entorno donde la mentira se institucionaliza o el cinismo se celebra, la fidelidad a la evidencia y a la compasión adopta el aspecto de una insurrección personal. Este hallazgo abre la puerta a una genealogía de la “locura” como recurso de lucidez.
Ecos históricos de lucidez
La frontera entre cordura y locura ha oscilado según el poder y el tiempo. Michel Foucault, en Historia de la locura (1961), mostró cómo la modernidad confinó sensibilidades incómodas bajo etiquetas clínicas para preservar un orden. Mucho antes, Goya advirtió que “El sueño de la razón produce monstruos” (1799), sugiriendo que la razón dormida —o servil— engendra pesadillas colectivas. Incluso Cervantes, con Don Quijote (1605), usó la “locura” del hidalgo para desnudar convenciones huecas. Desde estos antecedentes, la frase de Kurosawa resuena como una tradición de resistencia: a veces solo el “loco” puede ver lo que la costumbre oculta. Con ese trasfondo, su cine ofrece ejemplos tangibles.
Kurosawa en su cine
En Ikiru (1952), Watanabe rompe la apatía burocrática para construir un parque; su empeño humano parece extravagante en una oficina anestesiada. Rashomon (1950) fragmenta la verdad hasta mostrar que la locura quizá reside en la necesidad de una historia cómoda, no en la ambigüedad del mundo. En Ran (1985), el ansia de poder devora un reino; es el bufón, figura “marginal”, quien huele primero el desastre. Incluso en Dersu Uzala (1975), el cazador “primitivo” encarna una sabiduría que la modernidad considera extraña. Así, Kurosawa traduce la paradoja en drama: el juicio del outsider cuestiona el delirio social. De aquí surge la dimensión ética del desacuerdo.
Psicología y ética de la desobediencia
Obedecer sin pensar puede parecer cordura, pero sus consecuencias son inquietantes. Los experimentos de Milgram (1963) evidenciaron hasta qué punto la gente obedece órdenes dañinas por deferencia a la autoridad. Hannah Arendt, en Eichmann en Jerusalén (1963), habló de la “banalidad del mal”: crímenes cometidos por burócratas “normales” que dejaron de juzgar. Erich Fromm, en La sociedad sana (1955), sostuvo que una cultura enferma convierte al individuo íntegro en “desadaptado”. Bajo esta luz, “estar cuerdo” exige el coraje de disentir y de sentir. Esta exigencia, sin embargo, no es mera rebeldía; enlaza con la responsabilidad de sostener criterios verificables y una empatía activa.
Prácticas para una cordura crítica
La lucidez se cultiva. Pensar lentamente —al modo que advierte Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio (2011)— ayuda a detectar falacias seductoras. Crear microcomunidades de verificación, donde la discrepancia se agradece, reduce el costo social del disenso. Además, el arte y el humor funcionan como disolventes del dogma: un chispazo irónico puede abrir grietas en la “normalidad”. Finalmente, Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido (1946), mostró que hallar propósito salvaguarda la mente incluso en entornos absurdos. De este modo, volvemos a Kurosawa: en un mundo desquiciado, la cordura no es adaptación pasiva, sino una disciplina de atención, verdad y cuidado que, a primera vista, quizá parezca locura.
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