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Aceptar la vida: entre belleza y terror

Creado el: 22 de agosto de 2025

"Deja que todo te ocurra: lo bello y lo terrible." — Rainer Maria Rilke
"Deja que todo te ocurra: lo bello y lo terrible." — Rainer Maria Rilke

"Deja que todo te ocurra: lo bello y lo terrible." — Rainer Maria Rilke

Umbral de la aceptación radical

Al comienzo, el verso de Rilke invita a abrir la puerta de par en par a la experiencia, sin filtros que separen lo deseable de lo temido. No se trata de pasividad, sino de una disposición activa: dejar que la vida acontezca en nosotros para, desde ahí, responder con lucidez. Esta apertura reconoce que la existencia oscila. Al permitir tanto lo bello como lo terrible, disminuye la fricción de resistirse a lo inevitable y aumenta la capacidad de recibir lo que nutre. Así, se sugiere una confianza práctica: los sentimientos cambian, las estaciones pasan, y la tarea es permanecer presentes mientras la marea sube y baja.

Belleza y terror como maestros gemelos

Desde aquí, la tensión entre opuestos deja de entenderse como guerra y se vuelve diálogo. La belleza ensancha la sensibilidad, mientras el terror enseña límites, coraje y cuidado. Ambas fuerzas, cuando se admiten, pulen la percepción como el oleaje que pule una piedra. Por eso, la consigna no es aguantarse, sino aprender. Como en los antiguos ritos de paso, atravesar el miedo revela recursos insospechados y afianza el sentido. Dejar que ocurra no elimina el dolor, pero le confiere forma, lenguaje y dirección.

Ecos filosóficos: estoicismo y amor fati

En la historia del pensamiento, esta apertura dialoga con los estoicos. Epicteto, en el Enchiridion, exhorta a distinguir lo que depende de nosotros de lo que no, y a consentir en lo segundo para actuar con fuerza en lo primero. La aceptación, así entendida, es el punto de apoyo de la libertad. A la vez, Nietzsche propone el amor fati en La gaya ciencia (1882) y retoma su afirmación en Ecce Homo (1888): no solo soportar el destino, sino amarlo. Rilke converge con esta ética afirmativa, aunque la traduce al lenguaje de la intimidad poética: una fidelidad a la vida entera, incluso cuando duele.

Psicología contemporánea: del rechazo a la apertura

Asimismo, la psicología ha mostrado que pelearse con la experiencia intensifica el malestar. La Terapia de Aceptación y Compromiso (Hayes, Strosahl y Wilson, 1999) propone abrir espacio a pensamientos y emociones difíciles para, desde los valores, comprometer acciones significativas. Aceptar no es rendirse: es dejar de gastar energía en empujar el río. En la misma línea, la exposición gradual y el etiquetado afectivo reducen la reactividad: estudios sobre nombrar emociones indican menor activación amigdalar y más regulación (Lieberman, 2007). Así, el consejo poético se valida empíricamente: al permitir lo que llega, recuperamos margen de maniobra.

Rilke y la alquimia del dolor

Por su parte, la propia obra de Rilke ejemplifica esta transmutación. En Cartas a un joven poeta (1903–1908), aconseja habitar la soledad y madurar las preguntas, confiando en que la vida responda desde dentro. Esa actitud sostiene su poética de la metamorfosis. Una anécdota afín atraviesa las Elegías de Duino (publicadas en 1923): durante un paseo por los acantilados de Duino, una ráfaga de viento le hizo oír el verso inicial y lo empujó a escribir. Incluso el vértigo del paisaje se volvió cauce creador. Lo terrible no fue negado: se volvió voz.

Seguir andando: ética del movimiento

Concretando, dejar que todo ocurra exige un gesto más: seguir andando. Cuando no nos aferramos a un estado, este puede transformarse. Caminar —a veces con pasos minúsculos— preserva la agencia en medio de la incertidumbre. Para sostenerlo, sirven prácticas simples: nombrar lo que sentimos, anclar la respiración, escribir sin censura durante unos minutos, pedir compañía adecuada. No son atajos, sino rieles para atravesar la estación. Por último, el horizonte es claro: cultivar una vida lo bastante ancha como para alojar la belleza y hospedar el terror, sin perder la dirección.