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Nombrar el miedo, convertirse en testigo lúcido

Creado el: 23 de agosto de 2025

Dile la verdad a tu propio miedo, luego actúa como testigo. — Toni Morrison
Dile la verdad a tu propio miedo, luego actúa como testigo. — Toni Morrison

Dile la verdad a tu propio miedo, luego actúa como testigo. — Toni Morrison

Nombrar para empezar a ver

El mandato de Morrison comienza con un gesto radical: decirle la verdad al miedo. Cuando el temor permanece informe, dirige desde la sombra; al nombrarlo con precisión (“temo perder estatus”, “temo ser rechazado”), le devolvemos contorno y, por tanto, límites. La neurociencia respalda esta intuición: el “affect labeling” reduce la reactividad de la amígdala y aumenta el control prefrontal, como mostró Matthew Lieberman en Psychological Science (2007). Así, poner en palabras lo que duele no solo es catártico; reorganiza la experiencia. Al pasar del ruido a la frase, el miedo deja de ser atmósfera y se vuelve dato. Desde ahí, la pregunta cambia: ya no es “¿cómo escapo?”, sino “¿qué es verdad aquí?”.

La postura del testigo

Con ese primer paso dado, llega el segundo: actuar como testigo. Ser testigo no es huir ni pelear; es situarse un paso al lado para observar sin fundirse con lo observado. La atención plena ha convertido esta postura en práctica: Jon Kabat-Zinn, en Full Catastrophe Living (1990), la describe como conciencia no enjuiciadora del presente. De modo afín, la Terapia de Aceptación y Compromiso propone el “yo como contexto”: ver pensamientos y miedos pasar como eventos, no como identidades (Steven C. Hayes et al., 1999). Este descentramiento no enfría la vida; la hace legible. Y cuando algo se vuelve legible, se vuelve transformable.

Morrison y el testimonio en la ficción

Este desplazamiento del yo al testigo resuena en la obra de Morrison, donde el lenguaje convence a la memoria de hablar. Beloved (1987) convierte el hogar de Sethe en escenario de memoria vigilante: el fantasma de lo negado no se apacigua hasta que la comunidad nombra el dolor y lo mira de frente. A su vez, Playing in the Dark (1992) examina cómo la imaginación literaria estadounidense construyó su luz proyectando una sombra racial; leer, entonces, es oficiar de testigos de esa arquitectura. En ambos casos, la verdad dicha a los miedos —íntimos o nacionales— no busca escándalo, sino reparación. Así, la poética deviene ética.

Memoria colectiva y responsabilidad

De ahí que el acto íntimo de hablarle al miedo tenga una dimensión pública: el testimonio preserva y orienta. Cuando Morrison coeditó The Black Book (1974), reunió vestigios de vidas negras borradas para que la historia se contara a sí misma. Más tarde, en The Source of Self-Regard (2019), insistió en que el lenguaje responsable crea comunidad y futuro. Esta ética dialoga con el testimonio latinoamericano: Me llamo Rigoberta Menchú (1983) muestra cómo narrar el horror no solo denuncia, sino que convoca un nosotros capaz de impedir su repetición. Así, la mirada testigo no es pasiva; funda memoria y, con ella, posibilidades.

Herramientas prácticas para hablar al miedo

Para encarnar la frase, conviene ritualizarla. Primero, describe el miedo en segunda persona, como si te dirigieras a un personaje: “Miedo, dices que…”. La distancia gramatical abre espacio para el testigo. Luego, precisa evidencias y límites temporales: ¿cuándo aparece?, ¿qué lo dispara?, ¿qué no explica? A continuación, dedica unos minutos a observar sensaciones corporales sin corregir nada, respiración incluida; basta con contarlas por dentro. Después, elige una microacción alineada con valores —llamar, enviar, presentarte— y ejecútala mientras sigues narrando: “Estoy actuando aunque estés aquí”. Por último, registra lo ocurrido en un diario de testigo. Con repetición suave, la reacción se vuelve relación.

Cierre: del lenguaje a la acción

Al cerrar el círculo, Morrison nos recuerda que la palabra es acto. En su discurso Nobel (1993) afirmó: “We die. That may be the meaning of life. But we do language. That may be the measure of our lives.” Si el miedo nos mide en silencios, el testimonio nos mide en nombramientos que habilitan decisiones. Así, decir la verdad al miedo no elimina el temblor; lo pone al servicio de un gesto preciso. Y actuar como testigo no es mirar desde lejos, sino sostener la mirada mientras damos el siguiente paso. La valentía, entonces, no es ausencia de temor, sino el arte de hablar con él y seguir adelante.