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Trae tu silla: política de la autoinclusión

Creado el: 24 de agosto de 2025

Si no te dan un lugar en la mesa, trae una silla plegable. — Shirley Chisholm
Si no te dan un lugar en la mesa, trae una silla plegable. — Shirley Chisholm

Si no te dan un lugar en la mesa, trae una silla plegable. — Shirley Chisholm

Agencia frente a la exclusión

La frase invita a pasar de esperar invitaciones a ejercer agencia. En lugar de aceptar silencios o puertas entornadas, propone una respuesta pragmática: llegar con recursos propios y reclamar participación. Así, la “silla plegable” simboliza preparación, autonomía y la negativa a quedar fuera. Esta actitud no niega las barreras, pero las enfrenta con ingenio y persistencia, abriendo el camino para lo que sigue: transformar presencia en influencia.

Chisholm en su contexto

Para situar la idea, conviene recordar a su autora: Shirley Chisholm fue la primera mujer negra en el Congreso de EEUU (1968) y candidata presidencial en 1972. Su lema “Unbought and Unbossed” cristalizó en el libro homónimo (1970). Cuando la asignaron al Comité de Agricultura—poco útil para su distrito urbano—usó esa “silla” para ampliar cupones de alimentos y apoyar el germen de WIC junto a Bob Dole, mostrando cómo convertir una ubicación imperfecta en palanca de cambio. Su carrera ejemplifica que entrar es el inicio, no el fin.

Las mesas de decisión y sus barreras

Sin embargo, las mesas suelen estar protegidas por filtros de credenciales, redes cerradas y sesgos. La interseccionalidad, acuñada por Kimberlé Crenshaw (1989), explica cómo raza, género y clase se entrelazan para intensificar la exclusión. Reconocer esta arquitectura ayuda a leer la silla plegable no como simple individualismo, sino como táctica de irrupción en sistemas que normalizan el gatekeeping. Desde ahí, la estrategia cobra sentido colectivo.

Estrategias de la silla plegable

Llegar con una silla implica más que presencia física: preparar datos, mapear aliados, dominar reglas y prever objeciones. También supone microdiscursos claros—qué problema, qué evidencia, qué decisión—y la capacidad de documentar ausencias y avances. Como en “Unbought and Unbossed” (1970), la independencia de criterio refuerza la credibilidad: no basta con ocupar el asiento; hay que usarlo para orientar la agenda. Así, la entrada se traduce en resultados.

Del gesto individual a la coalición

A continuación, la silla se vuelve puente. Chisholm practicó alianzas improbables; su visita a George Wallace tras el atentado de 1972 le granjeó apoyos inesperados, según el documental Chisholm ’72: Unbought & Unbossed (2004). La lección es clara: entrar a la mesa permite tender vínculos, y las coaliciones convierten una voz en coro. Con ello, la presencia deja de ser tolerada para volverse necesaria.

Evitar el tokenismo y cambiar las reglas

Ahora bien, una silla no debe ser un trofeo. Rosabeth Moss Kanter (1977) advirtió sobre el tokenismo: una presencia simbólica sin poder real. Para evitarlo, conviene negociar métricas—quórum, rotación de liderazgos, transparencia—y abrir convocatorias que multipliquen sillas, no que encumbran a una sola persona. Así, la inclusión se vuelve estructura y no gesto, y la mesa aprende a sostener diversidad sin diluirla.

De ocupar asientos a crear nuevas mesas

Finalmente, cuando la mesa se resiste, toca construir otras. Emprendimientos, organizaciones comunitarias y espacios digitales pueden fijar la agenda y obligar a las instituciones a moverse. Audre Lorde advirtió que “las herramientas del amo no desmontarán la casa del amo” (1979); por eso, alternar infiltración con innovación es clave. Traer la silla abre la puerta; diseñar la mesa cambia la habitación entera.