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La alegría obstinada que vence todas las tormentas

Creado el: 25 de agosto de 2025

Que la obstinación de tu alegría dure más que las tormentas que intenten ahogarla. — Rumi
Que la obstinación de tu alegría dure más que las tormentas que intenten ahogarla. — Rumi

Que la obstinación de tu alegría dure más que las tormentas que intenten ahogarla. — Rumi

Un deseo convertido en brújula

Para empezar, Rumi transforma un simple deseo en orientación vital: que tu alegría sea tan terca que dure más que cualquier tormenta que intente ahogarla. La imagen no minimiza el oleaje —admite vientos contrarios, fatiga y agua helada—, pero revaloriza la obstinación como virtud del ánimo. La alegría aparece aquí no como euforia momentánea, sino como un compromiso sostenido con lo que vivifica. De este modo, el aforismo sugiere que la duración importa más que el brillo: no se trata de sentir mucho, sino de permanecer. Esta brújula nos prepara para atravesar estaciones difíciles sin perder dirección, y abre el paso a una disciplina afectiva que, más que negar las olas, aprende a navegar con ellas.

La obstinación como virtud sufí

A partir de ahí, la tradición sufí de Rumi (s. XIII) entiende la alegría como fidelidad al Amor que todo lo sostiene. En el Masnaví, cuyo inicio canta la nostalgia de la flauta de caña por su origen, la separación y el anhelo coexisten con un retorno perseverante a la Fuente. La práctica del sema —el giro derviche— encarna esta constancia: girar en torno a un centro vacío sin marearse por los vendavales del yo. Así, la “obstinación” deja de ser cabezonería y se vuelve lealtad: un sí repetido, suave pero firme, que sobrevive a los cambios de clima. Esta lectura espiritual conecta con la metáfora marítima de Rumi: cuando el timón es el amor, la alegría puede insistir incluso mientras chisporrotea el relámpago.

Evidencia psicológica de alegría resistente

Asimismo, la psicología respalda que ciertas emociones positivas fortalecen la navegación. La teoría de ampliación y construcción de Barbara Fredrickson (2001) muestra que la alegría y la gratitud amplían repertorios de pensamiento-acción, mejorando creatividad y recuperación fisiológica tras el estrés. No eliminan la tormenta, pero aumentan las maniobras disponibles. Además, Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido (1946) describe un “sí a la vida” incluso en el sufrimiento: una orientación significativa que permite resistir sin negar el dolor. Esta coincidencia con Rumi es clara: la alegría obstinada no es ingenuidad, sino un ancla que evita el naufragio interior mientras trabajamos con realismo sobre las olas.

Prácticas que endurecen el timón

Por eso, conviene cultivar hábitos que densifiquen el casco de la vida. Un registro diario de tres gratitudes fortalece la atención a lo vivificante; respiraciones conscientes como las propuestas por Thich Nhat Hanh (“al inspirar, sé que inspiro; al exhalar, sé que exhalo”) regulan el sistema nervioso y devuelven claridad. En la senda sufí, el dhikr —repetición de los Nombres— actúa como cuerda que no se suelta cuando arrecia el viento. Sumemos lastre sano: descanso, límites y movimiento corporal. Pequeños rituales al amanecer o al anochecer sostienen la continuidad. Así, cuando la tormenta llegue —porque llegará—, la alegría no dependerá de la bonanza, sino del entrenamiento silencioso que la hizo obstinada.

Cartografía náutica para el mal tiempo

Sin embargo, cuando el mar se encrespa, la táctica importa. Como enseña el Manual de Epicteto, distinguir lo controlable de lo incontrolable es ajustar velas en vez de pelear con el viento. La alegría obstinada funciona entonces como faro: no calma el oleaje, pero permite orientar cada maniobra hacia puerto. En la práctica, esto significa alternar refugio y avance: tomar respiro, reducir trapo, esperar la ventana de oportunidad y, cuando amaina, retomar rumbo. Esta coreografía no niega el dolor; lo acompasa. Y en esa cadencia —un paso, una pausa, otro paso— la alegría dura, porque sabe dosificar su propia llama.

De lo íntimo a lo colectivo

Finalmente, la obstinación de la alegría se expande cuando pasa del yo al nosotros. Rebecca Solnit, en A Paradise Built in Hell (2009), documenta cómo tras desastres emergen redes espontáneas de ayuda que generan una “alegría cívica”: sentido, vínculo y eficacia compartidos. Esa energía comunitaria prolonga la llama individual cuando el cansancio amenaza. Así, la alegría obstinada se vuelve pacto social: coros que sostienen la nota mientras una voz toma aire. De ahí que cultivar espacios de cuidado mutuo —comidas vecinales, círculos de escucha, trabajo colaborativo— no sea un lujo, sino la infraestructura afectiva capaz de resistir tormentas más largas que cualquiera de nosotros.