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Hablarle al futuro con convicción creadora

Creado el: 25 de agosto de 2025

Háblale al futuro como si ya escuchara tu convicción. — Pablo Neruda
Háblale al futuro como si ya escuchara tu convicción. — Pablo Neruda

Háblale al futuro como si ya escuchara tu convicción. — Pablo Neruda

El mandato poético de Neruda

Neruda nos exhorta a tratar al futuro como a un interlocutor presente, no como a un destino lejano. Al hacerlo, convierte la esperanza en acto de habla y desplaza la duda hacia la agencia. En Canto General (1950) convoca a América como un cuerpo vivo, capaz de escuchar y responder; la frase retoma esa intuición: las palabras no solo describen, también inauguran caminos. Así, la convicción deja de ser un sentimiento interior para volverse una forma de intervención. Al hablarle al porvenir como si ya estuviera aquí, reducimos la distancia entre deseo y realización, y preparamos el terreno para que otros se sumen. Desde esta perspectiva, pasamos naturalmente a preguntar: ¿qué hace que ciertas palabras transformen la realidad?

Palabras que hacen: la performatividad

Desde la filosofía del lenguaje, John L. Austin mostró en How to Do Things with Words (1962) que hay enunciados que no describen sino que realizan acciones: prometer, declarar, bautizar. Si decimos con autoridad y condiciones adecuadas, el mundo cambia. Hablarle al futuro con convicción opera en esa zona: es una promesa pública que orienta conductas, prioridades y percepciones. En consecuencia, el tono, el contexto y la credibilidad no son adornos; son parte del acto. Un nosotros explícito, un horizonte concreto y un compromiso verificable convierten la retórica en palanca. Esta lógica nos conduce a la psicología social, donde las expectativas compartidas muestran sus efectos en cadena.

Expectativas que transforman la realidad

Robert K. Merton definió la profecía autocumplida (1948): una creencia que, al difundirse, provoca conductas que la vuelven verdadera. En educación, el efecto Pigmalión documentado por Rosenthal y Jacobson (1968) mostró que las altas expectativas docentes elevan el rendimiento estudiantil. De modo análogo, comunidades que articulan con convicción un futuro posible coordinan esfuerzos y perseveran mejor. Así, la frase de Neruda no invita a la ilusión, sino a encender expectativas fecundas. Al nombrar un mañana escuchante, modificamos lo que hacemos hoy: invertimos, colaboramos, y toleramos la demora con sentido. Con este telón de fondo, vale mirar cómo esa voz ha resonado en nuestra historia pública.

Voces que alumbraron el mañana

En su último mensaje radial, Salvador Allende proclamó en 1973: “Más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas”. Habló al futuro como a un testigo presente; décadas después, la frase opera como brújula cívica. Del mismo modo, las Madres de Plaza de Mayo, con sus rondas iniciadas en 1977, interpelaron a la memoria venidera: su insistencia convirtió la demanda de verdad en horizonte compartido. Estos gestos confirman que la palabra pública, pronunciada con convicción y responsabilidad, inaugura tiempos. No por magia, sino por acumulación de voluntades y persistencia. Con ese aprendizaje en mente, surge la pregunta práctica: ¿cómo se habla de modo que el futuro realmente “escuche”?

Cómo hablar con convicción operativa

Primero, define un nosotros y un plazo: metas con fecha transforman deseo en compromiso. Segundo, usa imágenes concretas y anáforas que faciliten memoria y coordinación. Tercero, enlaza promesa con mecanismo: presupuesto, responsables y métricas. El encuadre importa, como subraya George Lakoff (2004): nombrar el problema orienta la solución. Además, combina presente histórico y futuro simple para acortar la distancia emocional: “Abrimos hoy la puerta que mañana sostendremos”. Evita la grandilocuencia vacía con evidencias y pilotos verificables. Finalmente, repite y retroalimenta: la convicción no es un trueno único, es una lluvia que cala. Desde aquí, solo falta atender la dimensión ética.

La ética de prometer y rendir cuentas

Hannah Arendt, en La condición humana (1958), sostuvo que la promesa estabiliza la acción en un mundo incierto. Pero esa potencia exige cuidado: sin verificación, la convicción degenera en demagogia. Por eso, hablarle al futuro implica pactar mecanismos de evaluación, corregir rumbos y reconocer límites. La credibilidad crece cuando vinculamos palabra y memoria: publicar avances, admitir desvíos y celebrar logros compartidos. Así, la voz que convoca al porvenir no impone, convoca; no se exime, responde. Solo entonces el futuro, lejos de ser un eco vacío, empieza de verdad a escucharnos.