Comprender para cuidar: la ética de Goodall
Creado el: 27 de agosto de 2025

Solo si comprendemos, nos importará. Solo si nos importa, ayudaremos. — Jane Goodall
De la comprensión al cuidado
Jane Goodall propone una secuencia tan simple como exigente: primero entender, luego sentir, finalmente actuar. La comprensión no es solo acumular datos; es percibir relaciones, causas y consecuencias hasta que la realidad nos toca. De ese contacto nace el cuidado, una implicación afectiva que nos mueve del espectador al participante. Y cuando nos importa, buscamos aliviar, restaurar o proteger. Así, conocimiento, emoción y conducta dejan de ser compartimentos estancos y se convierten en un circuito virtuoso de responsabilidad.
Gombe: historias que movilizan
Desde esta premisa, Goodall transformó observaciones en vínculos. En Gombe (1960), relató vidas individuales—David Greybeard, Flo y Flint—que el público pudo reconocer como cercanas. Al nombrarlos y contar sus hábitos, duelos y afectos, hizo comprensible la inteligencia y fragilidad de los chimpancés; y al hacerlo, importaron. Los documentales de National Geographic y libros como In the Shadow of Man (1971) tradujeron conducta animal en narrativas memorables. Ese tránsito del dato al relato no fue neutral: aumentó el apoyo a la conservación, cambió prácticas de investigación y generó fondos. Así, comprender llevó a cuidar, y cuidar habilitó ayuda concreta para un hábitat amenazado.
La psicología del puente afectivo
A partir de ahí, la psicología explica el eslabón central. La hipótesis empatía–altruismo de C. Daniel Batson (1991) muestra que la comprensión de la perspectiva ajena despierta empatía, y esta predice conductas de ayuda. Además, el “efecto de la víctima identificable” (Small, Loewenstein y Slovic, 2007) revela que comprendemos mejor cuando un rostro concreto encarna el problema. No basta informar; hay que hacer inteligible lo que está distante y abstracto. Así, la emoción bien orientada no sustituye al análisis: lo convierte en motivo para actuar, evitando tanto el cinismo del dato frío como el impulso desinformado.
Educación, valores y normas que activan
En esa línea, los modelos Knowledge–Attitude–Behavior resultan insuficientes si no incluyen valores y normas. La teoría Valor–Creencia–Norma (Stern, 2000) muestra que la comprensión se traduce en acción cuando conectamos amenazas con valores propios y obligaciones morales. La educación experiencial—huertos escolares, ciencia ciudadana o aprendizaje en la naturaleza—hace tangible el conocimiento y fortalece la agencia. Comunidades que monitorean sus ríos, por ejemplo, comprenden mejor sus dinámicas y, por ello, establecen normas compartidas para cuidarlos (Ostrom, 1990). Así, el entorno educativo y social facilita que el cuidado se vuelva hábito y no solo impulso esporádico.
Superar barreras y diseñar la ayuda
Sin embargo, dos obstáculos frenan el paso a la ayuda: la fatiga compasiva (Figley, 1995) y la impotencia aprendida ante problemas colosales. Para sortearlos, conviene proponer metas alcanzables y visibles—“pequeñas grandes victorias” (Weick, 1984)—y rediseñar contextos con opciones por defecto sostenibles, recordatorios y retroalimentación (Thaler y Sunstein, Nudge, 2008). Goodall lo aplica en Roots & Shoots (desde 1991): proyectos locales de estudiantes que, al medir y ver resultados, consolidan su identidad como agentes de cambio. Así, el cuidado se sostiene porque la ayuda se percibe posible y efectiva.
Aplicación práctica y legado
Por último, llevar la idea a la vida diaria requiere tres verbos: escuchar, traducir, invitar. Escuchar a comunidades para comprender sus realidades; traducir datos en historias con rostros y lugares; invitar a un primer paso claro y cercano. El legado de Goodall—Reason for Hope (1999)—insiste en que la esperanza no es un sentimiento previo, sino una práctica nacida de comprender hasta que nos importe. Y cuando nos importa, ayudamos; al ayudar, comprendemos mejor. Así se cierra el círculo ético que su frase nos propone.