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Gastar la vida con propósito y valentía

Creado el: 27 de agosto de 2025

La vida es nuestra para gastarla, no para guardarla. — D. H. Lawrence
La vida es nuestra para gastarla, no para guardarla. — D. H. Lawrence

La vida es nuestra para gastarla, no para guardarla. — D. H. Lawrence

El llamado a invertir la existencia

Para empezar, la frase de D. H. Lawrence plantea una metáfora nítida: la vida como capital que se devalúa si se guarda sin uso. Guardarla es inmovilizar talento, postergar decisiones y confundir prudencia con parálisis. Gastarla, en cambio, significa presencia, riesgo y entrega: aprender, amar, crear, servir. No implica agotarse sin norte, sino invertir en experiencias y compromisos que devuelvan sentido. Así, la seguridad absoluta aparece como ilusión; la verdadera protección nace de participar en el mundo y dejar huella. Con ese marco, conviene explorar qué nos detiene cuando intentamos atrevernos.

Miedo a perder y sesgos que nos frenan

A continuación, la psicología explica por qué preferimos conservar lo conocido: la aversión a la pérdida nos duele más que lo que nos alegra ganar (Kahneman y Tversky, 1979), y el sesgo del statu quo nos ancla a la inercia. Tememos gastar tiempo en caminos inciertos y acabar arrepentidos, pero ese temor también genera un arrepentimiento silencioso por lo no intentado. Reconocer estos sesgos no basta; hay que crear estructuras que los desactiven. De ahí la necesidad de un enfoque que trate el tiempo como una cartera a gestionar, no como una hucha que nunca abrimos.

El presupuesto del tiempo y la inversión vital

Siguiendo esta idea, pensar la semana como un presupuesto permite asignar recursos a lo que importa: proyectos, vínculos, juego, descanso y servicio. Annie Dillard recordó que cómo pasamos los días es, por supuesto, cómo pasamos la vida (The Writing Life, 1989), mientras Thoreau habló de vivir deliberadamente en Walden (1854). Microapuestas, prototipos de carrera y contratos de aprendizaje convierten la intención en acción y reducen el riesgo percibido: se gasta poco y se aprende mucho. Con el método en la mano, vale ver qué historias muestran que este gasto puede multiplicarse.

Riesgo fecundo: ejemplos que inspiran

Asimismo, Ernest Shackleton arriesgó prestigio y seguridad para salvar a su tripulación tras el naufragio del Endurance (1915), gastando su vida en liderazgo y coraje que devolvieron a todos a casa. María Montessori, al abrir la Casa dei Bambini (1907), resignó una carrera cómoda y transformó la educación infantil. Incluso la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30) elogia a quien invierte en vez de enterrar. Estas historias no exigen hazañas épicas, sino el gesto cotidiano de apostar por lo valioso. Pero para que el riesgo sea fértil, hace falta una brújula ética.

Gastar sin derrochar: criterio y medida

Por otro lado, gastar no equivale a quemarse. Aristóteles situó la virtud en el justo medio (Ética Nicomáquea), y Marco Aurelio advirtió: no actúes como si fueras a vivir diez mil años (Meditaciones, c. 180). El criterio es propósito: alinear tiempo, atención y recursos con aquello que sostiene la eudaimonía, evitando la fuga en distracciones que embotan la vida. El descanso, lejos de ser guardado estéril, se convierte en inversión que potencia la entrega. Esta medida abre paso a una dimensión que multiplica el rendimiento vital: la generosidad.

Generosidad y legado que se expande

Además, gastar la vida en otros crea retornos emocionales y sociales. Investigaciones sobre gasto prosocial muestran que dar produce mayor bienestar que gastar solo en uno mismo (Dunn, Aknin y Norton, Science, 2008). En la clínica del final de la vida, Bronnie Ware recogió un lamento recurrente: no haber vivido fiel a uno mismo ni haber priorizado relaciones (2011). Servir, mentorizar, compartir conocimiento y cuidado no vacían; al contrario, ensanchan la identidad y tejen comunidad. Con esa evidencia, queda la pregunta práctica: cómo empezar hoy a gastar mejor.

Prácticas cotidianas para gastar bien

Por último, conviene anclar el impulso en hábitos concretos: reservar bloques sagrados para lo esencial; diseñar microproyectos de cuatro semanas con entregable claro; pactar descansos protectores y límites sanos; practicar un memento mori que recuerde la finitud; y cerrar cada día con una revisión breve de en qué se gastó la atención. Así, la vida deja de guardarse por miedo y se invierte con propósito. Gastarla no es consumirla; es convertirla en obras, vínculos y aprendizaje que, al transmitirse, siguen rindiendo cuando nosotros ya no estemos.