Firmeza ante el absurdo y actos que importan
Creado el: 27 de agosto de 2025

Mantente firme ante lo absurdo y sigue haciendo los pequeños actos que importan. — Albert Camus
El llamado de Camus ante el absurdo
Para empezar, la frase de Camus condensa su ética del absurdo: cuando la vida no ofrece sentido garantizado, no se renuncia, se permanece en pie. El absurdo nombra el choque entre nuestra sed de significado y el silencio del mundo; justo allí, dice Camus, la respuesta no es el grito grandilocuente, sino la constancia. Mantenerse firme no es endurecerse, sino sostener la lucidez sin ceder al cinismo. Desde esa claridad, los pequeños actos recuperan su densidad: cuidar, trabajar bien, decir la verdad, tender la mano. Así, la grandeza cambia de escala: lo importante se vuelve lo próximo.
Rebelión sin grandilocuencia
Desde ahí, la rebelión camusiana no busca heroísmos teatrales, sino una fidelidad humilde a lo humano. El mito de Sísifo (1942) propone una rebelión que comienza por decir no a la mentira del sentido prefabricado y, a la vez, un sí a la dignidad. Más tarde, El hombre rebelde (1951) habla de la medida: resistir sin convertirse en lo que se combate. La continuidad de pequeños gestos se vuelve la forma concreta de esa rebelión: ayudar al compañero, cumplir una tarea, negarse a humillar. Enlazando con la frase, la persistencia cotidiana evita tanto el nihilismo como el fanatismo.
La ética de los gestos mínimos
A continuación, La peste (1947) dramatiza esta ética de lo mínimo. El doctor Rieux rechaza las proclamas heroicas y elige la decencia: curar, registrar, consolar, volver a empezar. Su lema insistente —hacer bien mi oficio— convierte el cuidado en resistencia. Porque, cuando el mal parece inmenso, la escala humana no es evasión, es la única palanca fiable. Las cuadrillas de desratización, las cartas que se escriben, las manos lavadas a destiempo: cada gesto recompone un tejido común. De este modo, lo pequeño no niega la tragedia; la toma de frente y la trocea en tareas posibles.
Sísifo y la alegría de la tarea
Asimismo, el mito de Sísifo ofrece la imagen más nítida de esa constancia. Empujar la roca día tras día simboliza la repetición sin promesa de triunfo. Sin embargo, Camus concluye: hay que imaginarse a Sísifo feliz. La alegría no proviene del resultado, sino de la fidelidad a la tarea elegida con lucidez. Al aceptar el límite, Sísifo transfigura el peso en sentido vivido. Por eso, seguir con los pequeños actos no es resignación, es creación paciente de valor, incluso cuando la cima se aleja.
Medida, verdad y responsabilidad pública
En consecuencia, esta ética se vuelve pública en la guerra y la posguerra. En Cartas a un amigo alemán (1943-44) y en sus editoriales de Combat, Camus defendió la verdad concreta frente a la retórica y el terror. La medida no es tibieza: es coraje que rehúsa justificar cualquier fin por cualquier medio. Así, los pequeños actos públicos —verificar un dato, negarse a difundir un rumor, cuidar las palabras— sostienen la libertad común. Con esta transición de lo íntimo a lo colectivo, la firmeza ante el absurdo adopta forma cívica.
Prácticas cotidianas para sostenerse
Finalmente, trasladar la lección a hoy implica elecciones sencillas y repetidas. En tiempos de ruido informativo y crisis climática, vale más apagar la alarma del pánico y encender la lámpara de la acción cercana: compostar, compartir transporte, votar con criterio, acompañar a quien está solo, donar tiempo y no solo opiniones. También conviene crear ritmos: escribir diez líneas, llamar a un amigo, preparar café para quien madruga. Estas prácticas, enlazadas día tras día, dan espesor a la esperanza. No son atajos al éxito; son el suelo donde, pese al absurdo, la vida común vuelve a ponerse en pie.