Bailar con las dudas hasta dejarlas exhaustas
Creado el: 28 de agosto de 2025

Baila con tus dudas hasta que se cansen y abandonen la pista de baile. — Rumi
Invitación a dialogar con la incertidumbre
Para empezar, el aforismo invita a relacionarnos activamente con la incertidumbre en lugar de pelearla o huir. Bailar con las dudas implica reconocer su presencia, acercarse con curiosidad y marcar un compás que nos permita movernos pese al temblor. No se trata de negar el miedo, sino de conducirlo hasta que pierda fuerza en nuestra atención. Al hablar de pista de baile, la frase sugiere un espacio seguro donde la vulnerabilidad encuentra ritmo. Cuando damos pasos pequeños y sostenidos, la energía de la duda se gasta. Así, más que un truco motivacional, es una práctica: perseverar en el movimiento hasta que la propia inquietud se aburra y busque salida.
Rumi y el giro sagrado del samā
Desde ahí, la imagen resuena con la tradición mística de Rumi, cuya poesía gira —literalmente— en torno al samā, la escucha extática que inspiró a los derviches giróvagos de la orden Mevleví. En el Masnaví (c. 1258–1273), el giro y la música aparecen como vías para transformar el yo dividido en presencia receptiva. En Fihi Ma Fihi, se atribuye a Rumi la idea de que el amor es un movimiento que disuelve resistencias. Al girar, el bailarín observa mareos y temores sin detenerse; con el tiempo, el vértigo se rinde. Así, la metáfora de “cansar” a la duda no es violencia, sino paciencia rítmica que la integra hasta volverla liviana.
Ciencia del miedo: exposición y defusión
A continuación, la psicología contemporánea ofrece un paralelo. La exposición graduada enseña a permanecer con sensaciones temidas hasta que la activación disminuye; Foa y Kozak (1986) describen cómo el sistema emocional aprende cuando no escapamos. Del mismo modo, la defusión cognitiva de la Terapia de Aceptación y Compromiso ayuda a ver los pensamientos como palabras que vienen y van (Hayes, Strosahl y Wilson, 1999). Así como quien baila repite pasos y figuras, la práctica consiste en volver, suavemente, al estímulo sin forzar. La “fatiga” de la duda es, en realidad, habituación y actualización de predicciones. Con tiempo y cuidado, el cuerpo deja de disparar alarmas por defecto, y se abre espacio para elegir movimientos más acordes con nuestros valores.
El cuerpo como aliado rítmico
Asimismo, el cuerpo ofrece herramientas rítmicas para regular la emoción. Respiraciones prolongadas, balanceos y pasos repetitivos estimulan circuitos de calma; la teoría polivagal sugiere que el ritmo seguro favorece la socialización y reduce la defensa (Porges, 2011). En paralelo, la re-evaluación cognitiva regula el afecto al cambiar el significado de lo que sentimos (Gross, 1998). Combinar ambos planos se parece a una milonga interior: mientras el cuerpo marca el compás, la mente reencuadra. Un ejemplo cotidiano: antes de una presentación, camina tres minutos marcando un 4/4 con los pies y nombra en voz baja tus temores; al final de cada compás, añade “y sigo aquí”. La duda, sin combustible, pierde el centro.
Liderar la pista: compasión y límites
Por otra parte, “liderar” la pista exige una actitud de ternura firme. La autocompasión, definida por Kristin Neff (2003), reduce la rumiación y sostiene la perseverancia: tratarnos como trataríamos a un amigo nos permite continuar sin fustigarnos. Liderar no es aplastar la duda, sino invitarla a un abrazo que marca límites. Esto incluye decidir música y duración: espacios acotados para preocuparse, seguidos de descanso atento, han mostrado disminuir la ansiedad anticipatoria. Si la duda insiste, se le agradece la intención protectora y se le devuelve al borde de la pista. El mensaje es claro: aquí se baila, pero el ritmo lo pongo yo.
De la metáfora a la práctica diaria
Finalmente, llevar la metáfora a la vida cotidiana pide rituales breves y repetibles. Al despertar, escribe la duda del día y define tu primer paso de baile —una acción mínima en dirección a tu valor—; por la noche, registra cuándo la duda se cansó antes que tú. Marco Aurelio, en sus Meditaciones, recomendaba comenzar con lo controlable y aceptar lo demás. Con el tiempo, la pista se vuelve hogar: las dudas llegan como huéspedes y, al no encontrar drama, se retiran. Así, la frase atribuida a Rumi no promete ausencia de miedo; propone presencia en movimiento. Y cada repetición, como en toda danza, afina oído, paso y confianza.