Escribir la vida mientras el mundo tiembla
Creado el: 29 de agosto de 2025

Escribe la siguiente línea de tu vida, aunque la página tiemble. — Haruki Murakami
Un mandato suave y urgente
Para empezar, la frase de Murakami suena a consigna íntima: no pide un capítulo perfecto, solo la siguiente línea. En esa modestia hay una ética del movimiento mínimo que vence al miedo. La página que tiembla admite que hay incertidumbre, pánico o duelo; sin embargo, el verbo escribir se coloca antes, como un faro. Esta inversión recuerda que la agencia no llega cuando todo se calma, sino que crea, precisamente, parte de la calma. Además, esa línea no es solamente texto: es una llamada a la acción más pequeña que aún cuenta. Una llamada que evita el romanticismo del todo o nada y privilegia la continuidad. Con esa clave en mente, podemos mirar de frente el temblor y leerlo, no como obstáculo absoluto, sino como materia prima de sentido.
Cuando la hoja tiembla
A continuación, conviene nombrar el temblor. A veces proviene del cuerpo ansioso; otras, de golpes colectivos que sacuden el suelo. Murakami ha explorado ese estremecimiento literal y simbólico en Después del terremoto (1999), donde personajes comunes buscan recomponer su cotidiano tras la catástrofe. La página inestable, entonces, es el mundo mismo cuando se fisura, y también la mano que duda. Sin embargo, leer el temblor es ya una forma de sostener el lápiz. Donde hay grieta, hay contorno; y donde hay contorno, hay posibilidad de trazar. Esta conciencia abre paso al siguiente gesto: reclamarnos como autores de lo que sigue.
Autoría y sentido en movimiento
Desde ahí, la frase invita a la autoría de la propia historia. La identidad narrativa, como expone Paul Ricoeur en Tiempo y narración (1983), se construye al hilar episodios con dirección, incluso cuando los hechos parecen rotos. Toda línea escrita reordena el antes y el después, y al hacerlo crea sentido. En esa misma línea, Viktor Frankl mostró en El hombre en busca de sentido (1946) que elegir una tarea, aunque mínima, puede sostenernos en medio de la adversidad. Así, escribir la siguiente línea no niega el dolor; lo integra en un relato que avanza. Y para avanzar, la disciplina resulta crucial.
Murakami: disciplina en medio del caos
Más aún, el propio Murakami ha descrito la artesanía del avance pequeño. En De qué hablo cuando hablo de correr (2007) detalla rutinas que combinan cuerpo y mente para sostener la escritura diaria. Y en Novelist as a Vocation (2015) recuerda el momento en el estadio Jingu (1978) en que decidió empezar su primera novela: un impulso humilde que se convirtió en hábito. Ese hábito es la traducción práctica del imperativo de la frase: no grandilocuencia, sino constancia. Así como el corredor suma metros, el escritor suma líneas. De esa suma nace una estética que acepta y repara el quiebre.
La belleza de lo reparado
Asimismo, la imagen del temblor dialoga con el kintsugi, el arte de reparar cerámica con oro, y con el wabi-sabi, que celebra lo imperfecto. En ambos, la fisura no se oculta; se realza para narrar el golpe y su reparación. La siguiente línea, entonces, se escribe a través de la grieta, no a pesar de ella. Esta ética de la reparación transforma el miedo en textura. Si la página vibra, el trazo puede adaptarse al pulso y, al hacerlo, convertir la inestabilidad en ritmo. Falta, sin embargo, preguntarnos cómo se practica eso en lo cotidiano.
Estrategias para el temblor cotidiano
Por eso, en lo concreto, sirven microhábitos que no negocian con el pánico: escribir quince minutos, una página, una frase. Las morning pages popularizadas por Julia Cameron en The Artist’s Way (1992) funcionan como calentamiento emocional: se escribe sin juzgar, y el juicio se disuelve. Anclar el cuerpo ayuda igual: respiración, una caminata breve, o correr como Murakami. Además, reducir la decisión al siguiente verbo evita la parálisis del plan total. No hay que resolver la novela de la vida hoy; basta con sumar una línea legible. Con esa práctica en marcha, la esperanza puede dejar de ser ingenua para volverse obstinada.
Una esperanza obstinada
Finalmente, la perseverancia no niega la herida; la ilumina. La investigación sobre crecimiento postraumático de Tedeschi y Calhoun (1996) muestra que, tras el quiebre, algunas personas derivan nuevos significados y fortalezas. En la ficción de Murakami, personajes como Aomame y Tengo en 1Q84 (2009-2010) continúan andando pese al desconcierto; Watanabe en Tokio blues (1987) elige volver a la vida; Kafka Tamura en Kafka en la orilla (2002) escribe su camino paso a paso. Así, la consigna se vuelve práctica diaria: escribe la siguiente línea, aunque la página tiemble. Porque esa línea, al repetirse, termina afinando la mano, serenando la página y, a la larga, sosteniendo la historia.