Después, aparece la tensión entre el azar puro y la tentación de leer destino. Cuando algo sale mal, la mente busca una explicación que lo haga soportable, y una de las más poderosas es pensar que “tal vez me salvé de algo”. Esa lectura puede ser consuelo, pero también una advertencia: no todo tiene por qué tener un propósito, aunque nuestra psicología lo prefiera.
Pensadores estoicos como Epicteto, en sus Discursos (siglo II), insistían en distinguir lo que controlamos de lo que no. La frase de McCarthy encaja con esa sobriedad: no promete que el universo sea justo; solo recuerda que nuestro juicio está incompleto y que, por tanto, conviene moderar la certeza con que condenamos un hecho como mera desgracia. [...]