Ahora bien, la psicología ofrece claves para desactivar el hechizo de posponer. El descuento temporal hiperbólico (Ainslie, 1975) explica nuestra tendencia a preferir alivios inmediatos frente a beneficios futuros; el placer de «no empezar» pesa más que la recompensa de «haber terminado». A ello se suma la teoría expectativa–valor de Piers Steel (2007): cuanto menor la expectativa de éxito o más distante la meta, mayor la procrastinación. Además, posponer funciona como regulación del afecto: evitamos la tarea para huir de ansiedad, aburrimiento o miedo (Sirois y Pychyl, 2013). Entendido el origen emocional y motivacional, se vuelve posible intervenir sin culpas, con tácticas que reduzcan fricción y acerquen el futuro al presente. [...]