Luego llega el remate: “que no te importe un bledo”. No es desprecio por el público, sino independencia frente al tribunal de la aprobación. Vidal sugiere que el estilo se arruina cuando se escribe o se vive con la cabeza girada hacia el aplauso, porque entonces cada decisión busca gustar antes que expresar.
En otras palabras, el estilo exige un pequeño acto de desobediencia: aceptar que no todos te entenderán ni te celebrarán. Esa indiferencia funciona como un filtro: quita el miedo a desentonar y deja aparecer la elección propia, incluso cuando es impopular. Así, el estilo se vuelve una práctica de libertad cotidiana, no una etiqueta estética. [...]