Al inicio, la sentencia de Ibn Battuta revela que viajar primero desarma el lenguaje: el asombro suspende las palabras. Frente a un horizonte desconocido o a un mercado que hierve de voces, la mente se queda muda, como si necesitara vaciarse para captar lo nuevo. Investigaciones sobre la emoción del asombro describen ese ensanchamiento de la atención y la sensación de pequeñez que reorganiza prioridades; por eso, tras la primera impresión, no hablamos, escuchamos. Ese vacío sonoro no es carencia, sino preparación: deja espacio a la experiencia para asentarse en la memoria. Y precisamente ahí empieza a latir el impulso de narrar, cuando el silencio decanta y pide forma. Ese umbral entre lo indecible y lo decible prepara el paso al relato que vendrá. [...]