Sin embargo, si la atención es valiosa, su pérdida también lo es. La distracción constante no solo roba minutos: fragmenta la memoria, aplana el disfrute y vuelve más difícil entrar en estados de concentración profunda. Un ejemplo cotidiano es leer un párrafo y, tras varias interrupciones, no recordar qué decía; no es falta de inteligencia, es erosión de continuidad mental.
En este punto, el diagnóstico de Hari suele enlazar con el entorno moderno: notificaciones, estímulos y urgencias compiten por el foco. Cuando la atención vive en “modo alerta”, la vida se vuelve reactiva, y la sensación de control disminuye. [...]