El resentimiento, como sugiere Mayer, aparece cuando hay una renuncia sostenida que no se reconoce explícitamente. Muchas veces no se renuncia a una sola cosa dramática, sino a pequeñas parcelas de vida: tiempo con la familia, descanso, creatividad, salud, autonomía o incluso dignidad en la forma de ser tratado. Mientras esas renuncias se viven como “lo normal” o “lo que toca”, el costo emocional se acumula sin contabilidad clara.
Por eso el agotamiento se vuelve más probable cuando el intercambio se percibe desequilibrado: doy demasiado y recibo demasiado poco, o doy algo que en realidad no quiero dar. En ese punto, la energía ya no se pierde solo por el esfuerzo, sino por la amarga sensación de estar entregando la propia vida a un guion que no se eligió conscientemente. [...]