A continuación aparece una implicación más incómoda: ¿quién decide qué “recomienda”? Cuando el juicio depende de la mirada ajena, entran los sesgos—de clase, género, edad—y la persona queda reducida a expectativas. Así, una mujer puede ser considerada “poco recomendable” no por ausencia de virtudes, sino por no encajar en el molde: hablar demasiado, callar demasiado, aspirar a más, o simplemente ser distinta.
Con esta idea, la comparación de Murasaki adquiere filo crítico: los extremos no describen la naturaleza humana tanto como los mecanismos sociales que polarizan. La rareza de la “irrecommendable” y de la “perfecta” denuncia lo artificioso de esas categorías. [...]