Vivir es permanecer siempre en construcción

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Todos somos obras en progreso. Eso es, en realidad, estar vivos. — Thomas Oppong
Todos somos obras en progreso. Eso es, en realidad, estar vivos. — Thomas Oppong
Todos somos obras en progreso. Eso es, en realidad, estar vivos. — Thomas Oppong

Todos somos obras en progreso. Eso es, en realidad, estar vivos. — Thomas Oppong

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La vida como proceso abierto

La frase de Thomas Oppong parte de una idea sencilla pero poderosa: nadie llega a una versión final de sí mismo. Estar vivos no significa haber alcanzado una forma perfecta, sino seguir cambiando, corrigiendo, aprendiendo y, a veces, empezando de nuevo. En ese sentido, la imperfección deja de ser un defecto y se convierte en una señal de movimiento. A partir de ahí, la cita invita a mirar la existencia no como una meta estática, sino como una obra en curso. Igual que un artista vuelve una y otra vez sobre su lienzo, cada persona revisa sus convicciones, hábitos y sueños con el paso del tiempo. Vivir, entonces, es mantenerse disponible para esa transformación continua.

Aceptar la imperfección con humildad

Desde esa perspectiva, reconocer que somos “obras en progreso” también exige humildad. Supone admitir que aún no sabemos todo, que todavía cometemos errores y que muchas de nuestras certezas actuales quizá cambien mañana. Lejos de debilitarnos, esa aceptación puede volvernos más flexibles y más humanos en nuestra relación con los demás. Además, esta idea dialoga con una antigua tradición filosófica. Sócrates, según la “Apología” de Platón (c. 399 a. C.), sostenía que la sabiduría comienza al reconocer la propia ignorancia. Del mismo modo, Oppong sugiere que crecer depende menos de aparentar plenitud que de aceptar honestamente que seguimos aprendiendo.

El error como parte del crecimiento

Una vez aceptada esa incompletud, los errores dejan de ser simples fracasos y pasan a verse como materiales del desarrollo personal. Muchas veces, los tropiezos que más avergüenzan en el presente terminan siendo los que mejor enseñan paciencia, criterio o fortaleza. Así, la vida no avanza a pesar de las fallas, sino también a través de ellas. Por eso, la cita de Oppong puede leerse como una defensa de la paciencia con uno mismo. Thomas Edison, recordado por sus miles de intentos antes de perfeccionar la bombilla, afirmaba en una anécdota muy citada que no había fracasado, sino encontrado formas que no funcionaban. Aunque el contexto empresarial y científico es distinto, la lógica es similar: progresar implica ensayo, ajuste y perseverancia.

Cambiar sin perder la identidad

Sin embargo, estar en construcción permanente no significa carecer de identidad. Más bien implica que la identidad misma se va afinando con la experiencia. Una persona puede conservar ciertos valores esenciales —la compasión, la honestidad, la curiosidad— mientras modifica sus hábitos, prioridades o maneras de comprender el mundo. En consecuencia, crecer no equivale a traicionarse, sino a conocerse mejor. El psicólogo Carl Rogers, en “On Becoming a Person” (1961), describió el desarrollo humano como un proceso de llegar a ser. Esa formulación enlaza bien con Oppong: el yo no es una pieza terminada, sino una realidad viva que se revela y se reconstruye con el tiempo.

Una mirada más compasiva hacia los demás

Si todos estamos en proceso, entonces también conviene mirar a los demás con mayor paciencia. Esta idea transforma la convivencia, porque recuerda que cada persona carga con aprendizajes incompletos, heridas en reparación y capacidades todavía no desarrolladas. En lugar de exigir perfección inmediata, esta visión favorece la empatía y el acompañamiento. De hecho, muchas relaciones se fortalecen cuando dejan espacio para la evolución mutua. Un amigo que hoy parece inseguro puede volverse firme con apoyo y experiencia; alguien impulsivo puede aprender serenidad con los años. Por eso, la frase no solo describe una condición individual, sino una verdad compartida: vivir juntos también significa crecer juntos.

Estar vivos es seguir transformándose

Finalmente, la fuerza de la cita está en unir dos nociones que a menudo se separan: vivir y cambiar. Oppong sugiere que la vida auténtica no es inmovilidad ni cierre, sino apertura constante. Cuando una persona deja de revisarse, de aprender o de imaginar nuevas posibilidades, algo de su vitalidad interior empieza a apagarse. Así, entendernos como obras en progreso puede ser profundamente liberador. Nos permite avanzar sin la carga de tener que ser definitivos, perfectos o completos de una vez por todas. Y, en última instancia, ahí reside el corazón de la frase: estar vivos es seguir haciéndonos, día tras día, con esperanza, conciencia y movimiento.

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