

La esperanza es pasión por lo posible. — Søren Kierkegaard
—¿Qué perdura después de esta línea?
Una definición que une emoción y futuro
En esta frase breve, Søren Kierkegaard redefine la esperanza no como simple espera, sino como una fuerza interior orientada hacia aquello que todavía no existe plenamente. Al llamarla “pasión”, le da una intensidad afectiva; al ligarla a “lo posible”, la sitúa en el terreno de la apertura, de lo que aún puede llegar a ser. Así, la esperanza aparece menos como consuelo pasivo y más como energía espiritual. Desde el comienzo, esta idea desplaza una visión superficial del optimismo. No se trata de pensar que todo saldrá bien sin esfuerzo, sino de mantener vivo el vínculo con un porvenir no cerrado. En ese sentido, Kierkegaard, especialmente en obras como Either/Or (1843) y The Sickness Unto Death (1849), explora cómo la vida humana se define por la tensión entre lo real y lo que todavía puede realizarse.
La pasión como movimiento del alma
A continuación, conviene detenerse en la palabra “pasión”, porque en Kierkegaard nunca es un adorno retórico. Para él, las verdades más hondas no se viven con fría distancia, sino con implicación existencial. Esperar, entonces, no es calcular probabilidades como quien revisa una estadística; es comprometerse afectivamente con una posibilidad que todavía no ofrece garantías. Por eso la esperanza tiene algo de valentía. Un estudiante que insiste en su vocación tras varios fracasos, o una persona enferma que sostiene pequeñas metas cotidianas, no actúan solo por información objetiva, sino por una pasión que se resiste a reducir la vida a sus límites presentes. De este modo, la esperanza se convierte en una manera de habitar la incertidumbre sin rendirse a ella.
Lo posible frente al encierro de la desesperación
Sin embargo, la frase adquiere más profundidad cuando se la contrasta con su opuesto implícito: la desesperación. En The Sickness Unto Death (1849), Kierkegaard describe la desesperación como una forma de encierro del yo, una incapacidad de reconciliarse con sí mismo y con su apertura al devenir. Frente a ese cierre, la esperanza es precisamente la pasión que mantiene abierta la puerta de lo posible. En consecuencia, esperar no significa negar el dolor, sino negarse a aceptar que el dolor tenga la última palabra. Alguien que ha perdido trabajo, amor o sentido puede sentirse atrapado por lo dado, como si el presente agotara toda definición de sí mismo. La esperanza rompe ese hechizo al recordar que la existencia humana nunca coincide por completo con su estado actual.
Una visión existencial y no ingenua
Ahora bien, sería un error leer esta frase como una invitación a la fantasía ingenua. Kierkegaard no celebra cualquier posibilidad vacía, sino la relación viva del individuo con aquello que puede llegar a ser mediante decisión, riesgo y fe. Por eso su esperanza no es evasión, sino una respuesta seria al hecho de que vivir siempre implica elegir sin certezas absolutas. En esta línea, la esperanza se parece menos a un sueño confortable y más a un acto interior de responsabilidad. Como ocurre en Fear and Trembling (1843), donde la fe se muestra unida al absurdo y al salto, también aquí lo posible exige una disposición a avanzar sin dominio total del resultado. La esperanza, entonces, no elimina la angustia; la atraviesa.
La actualidad de una intuición duradera
Finalmente, la frase conserva una fuerza notable en el presente, donde con frecuencia se confunde realismo con resignación. En sociedades marcadas por crisis económicas, guerras o desgaste emocional, hablar de esperanza puede parecer ingenuo; sin embargo, Kierkegaard sugiere lo contrario: solo quien conserva pasión por lo posible evita quedar reducido a lo que ya está dado. Así, su intuición sigue siendo profundamente práctica. Un proyecto colectivo que busca justicia, una persona que reconstruye su vida tras una pérdida o incluso una comunidad que imagina un futuro distinto encarnan esa esperanza activa. En última instancia, la cita nos recuerda que vivir humanamente no consiste solo en soportar lo real, sino en responder a él con una fidelidad apasionada a lo que aún puede nacer.
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