
Es a través de los errores que realmente puedes crecer. Tienes que ser malo para poder llegar a ser bueno. — Paula Scher
—¿Qué perdura después de esta línea?
El valor formativo del error
La frase de Paula Scher parte de una idea incómoda pero profundamente liberadora: el error no es una desviación del aprendizaje, sino su motor principal. En lugar de presentar el crecimiento como una línea limpia hacia la excelencia, Scher recuerda que mejorar exige atravesar etapas torpes, decisiones fallidas y resultados mediocres. Precisamente ahí, en lo imperfecto, comienza la comprensión real. Desde esa perspectiva, equivocarse deja de ser una vergüenza y se convierte en evidencia de práctica. Como sugiere Samuel Beckett en Worstward Ho (1983), “Try again. Fail again. Fail better”, el progreso auténtico no consiste en evitar toda caída, sino en refinarse a través de ellas. Así, la imperfección inicial no contradice el talento: lo prepara.
Ser malo antes de ser bueno
A continuación, la segunda parte de la cita desmonta un mito muy extendido: que los expertos nacen seguros, precisos y brillantes. Scher insiste en que, antes de dominar cualquier oficio, uno debe tolerar la etapa en la que su trabajo aún no alcanza sus aspiraciones. Esa distancia entre lo que imaginamos y lo que logramos suele ser frustrante, pero también es la condición necesaria para avanzar. Ira Glass formuló esta misma tensión al hablar de la “brecha” entre el gusto y la ejecución: al principio, sabemos reconocer lo bueno, pero todavía no sabemos producirlo. Por eso, “ser malo” no equivale a carecer de potencial; más bien, revela que estamos en el umbral del oficio. Toda habilidad sólida pasa, inevitablemente, por una versión inmadura de sí misma.
La creatividad como proceso iterativo
Llevada al terreno creativo, la observación de Scher resulta aún más clara. En diseño, escritura, música o pintura, rara vez la primera versión es la mejor; casi siempre funciona como un borrador que permite descubrir qué no sirve. Paula Scher, reconocida diseñadora gráfica y socia de Pentagram, ha construido su carrera precisamente en un campo donde probar, descartar y rehacer forman parte esencial del resultado final. Por consiguiente, el error no solo enseña límites, sino que abre posibilidades inesperadas. Muchos hallazgos artísticos nacen de accidentes o decisiones inicialmente fallidas: los pintores los convierten en textura, los escritores en un cambio de tono, los diseñadores en una solución visual más audaz. En ese sentido, fallar no interrumpe la creatividad; la alimenta.
Una lección respaldada por la psicología
Además, la psicología del aprendizaje respalda esta intuición. La investigación sobre práctica deliberada, popularizada por Anders Ericsson en Peak (2016), muestra que mejorar depende menos de repetir lo que ya sale bien y más de trabajar sobre los errores específicos. El feedback, la corrección y el ajuste continuo son los mecanismos que convierten una habilidad rudimentaria en competencia experta. Del mismo modo, Carol Dweck, en Mindset (2006), distinguió entre una mentalidad fija y una mentalidad de crecimiento. Quien teme equivocarse suele interpretar los fallos como prueba de incapacidad; quien aprende de ellos los ve como información útil. Así, la frase de Scher no es solo inspiradora: también coincide con una comprensión moderna de cómo se desarrolla la excelencia.
La incomodidad de aprender en público
Sin embargo, aceptar esta verdad en la práctica no es sencillo, porque equivocarse suele implicar exposición. Ser principiante significa mostrar trabajos incompletos, tomar decisiones imperfectas y arriesgarse al juicio ajeno. Esa vulnerabilidad explica por qué tantas personas prefieren no intentar algo nuevo: no temen al trabajo en sí, sino a la posibilidad de verse incompetentes mientras aprenden. En este punto, la cita de Scher adquiere un matiz casi ético: nos invita a permitirnos la torpeza temporal. Como ocurre con cualquier músico que desafina antes de afinar o con cualquier escritor cuyos primeros borradores son torpes, la calidad final depende de haber soportado esa fase inicial sin rendirse. La vergüenza, entonces, deja paso a la disciplina.
Del fracaso al dominio
Finalmente, la fuerza de esta idea reside en su promesa práctica: nadie llega a ser bueno sin atravesar una versión menos lograda de sí mismo. El error, lejos de ser una mancha en la trayectoria, es la huella visible del proceso. Cada fallo bien examinado afina el criterio, fortalece la técnica y vuelve más realista la ambición. Por eso, la cita de Paula Scher no celebra la mediocridad, sino la perseverancia. Nos recuerda que el dominio no aparece de forma repentina, sino como acumulación de intentos corregidos. En última instancia, crecer a través de los errores significa comprender que la excelencia no nace de evitar fallar, sino de usar cada fallo como material de construcción.
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