El escritor original crea su propio gusto

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Todo gran y original escritor, en la medida en que es grande y original, debe él mismo crear el gust
Todo gran y original escritor, en la medida en que es grande y original, debe él mismo crear el gust
Todo gran y original escritor, en la medida en que es grande y original, debe él mismo crear el gusto con el que ha de ser apreciado. — William Wordsworth

Todo gran y original escritor, en la medida en que es grande y original, debe él mismo crear el gusto con el que ha de ser apreciado. — William Wordsworth

¿Qué perdura después de esta línea?

La exigencia de la verdadera originalidad

Wordsworth plantea una idea exigente: un autor verdaderamente grande no solo escribe obras distintas, sino que también transforma la sensibilidad de sus lectores. En otras palabras, la originalidad auténtica no cabe del todo en los criterios heredados, porque nace allí donde todavía no existe una medida adecuada para juzgarla. Así, el escritor innovador no espera pasivamente la aprobación de su época; más bien educa la percepción ajena para que su propuesta pueda ser comprendida. La grandeza, entonces, no consiste únicamente en producir algo nuevo, sino en ensanchar el horizonte del gusto mismo.

Cuando la obra precede al juicio

A partir de esa premisa, la cita sugiere que el juicio estético suele llegar después de la creación. Primero aparece la obra desconcertante, y solo más tarde surgen las categorías capaces de explicarla. Este desfase ayuda a entender por qué tantos autores decisivos fueron recibidos con extrañeza o resistencia en sus comienzos. De hecho, William Blake, hoy celebrado como visionario, fue durante largo tiempo una figura marginal, precisamente porque su imaginación simbólica desbordaba los hábitos de lectura de su tiempo. Solo cuando cambió la disposición del público, su singularidad pudo apreciarse en toda su dimensión.

Wordsworth y la renovación de la sensibilidad

Además, la afirmación de Wordsworth tiene un matiz autobiográfico evidente. En el prólogo a Lyrical Ballads (1800), defendió una poesía escrita en el lenguaje de la gente común y centrada en emociones ordinarias, una apuesta que se apartaba de la dicción poética elevada del siglo XVIII. No se limitó a ofrecer poemas distintos: argumentó por qué debían leerse con una sensibilidad nueva. Por eso, su propia trayectoria ilustra la cita de manera ejemplar. Wordsworth comprendió que innovar en literatura implica también persuadir al lector de que aquello que parecía simple, humilde o incluso impropio de la poesía puede contener una belleza profunda.

El gusto como creación cultural

Sin embargo, el “gusto” no debe entenderse aquí como una preferencia caprichosa, sino como una forma cultural de percibir y valorar. Cada época aprende qué considerar bello, elevado o digno de atención, y los grandes escritores intervienen justamente en ese aprendizaje colectivo. Su influencia no solo modifica estilos, sino también expectativas. En este sentido, Marcel Proust, en En busca del tiempo perdido (1913–1927), exige una lectura atenta a la memoria, la duración y los matices de la conciencia. Al hacerlo, no se adapta al gusto dominante: contribuye a formarlo, enseñando al lector a encontrar placer en una sensibilidad más lenta y reflexiva.

La resistencia inicial ante lo nuevo

Por consiguiente, la originalidad suele provocar incomodidad antes que admiración. Lo nuevo perturba porque desordena los criterios con los que solemos orientarnos, y esa perturbación puede confundirse con defecto. Muchas obras maestras atravesaron primero un período de rechazo precisamente porque pedían una forma inédita de atención. Un ejemplo claro es James Joyce con Ulysses (1922): su estructura, su estilo cambiante y su densidad verbal obligaron a los lectores a abandonar hábitos narrativos convencionales. Con el tiempo, esa dificultad dejó de verse como extravagancia gratuita y empezó a comprenderse como parte esencial de su genio.

Leer también es aprender a mirar

Finalmente, la cita de Wordsworth desplaza parte de la responsabilidad hacia el lector. Apreciar a un escritor original no consiste solo en emitir un juicio, sino en dejarse transformar por una nueva manera de sentir, pensar y percibir el lenguaje. La lectura, entonces, se vuelve un ejercicio de apertura más que una simple confirmación de gustos previos. En última instancia, esta idea ennoblece tanto la creación como la recepción literaria. El gran escritor inventa una forma; el lector atento aprende a habitarla. Y en ese encuentro, donde la obra crea las condiciones de su propia apreciación, nace una tradición nueva.

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