De la perfección impuesta a la libertad propia

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Nunca se suponía que fueras perfecto. Se suponía que fueras libre. — Josie Santi
Nunca se suponía que fueras perfecto. Se suponía que fueras libre. — Josie Santi

Nunca se suponía que fueras perfecto. Se suponía que fueras libre. — Josie Santi

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El giro de expectativa: de “ser” a “vivir”

La frase de Josie Santi reencuadra una presión común: la idea de que nuestra tarea principal es “ser perfectos”, como si la vida fuera un examen continuo. Al decir que nunca se supuso eso, sugiere que la perfección no es un destino natural, sino una expectativa añadida—social, familiar o incluso autoimpuesta. En cambio, propone un propósito más humano: ser libre. Y esa libertad no se reduce a hacer lo que uno quiere, sino a vivir sin el yugo constante de la comparación, la culpa o el miedo a fallar. Así, el mensaje abre una puerta: quizá lo que sentimos como obligación era, en realidad, un malentendido sobre para qué estamos aquí.

Perfección como control: el costo invisible

Cuando la perfección se convierte en meta, suele funcionar como una forma de control: ordena conductas, limita riesgos y castiga el error. Por eso, aunque prometa seguridad, muchas veces termina encogiendo la vida. Una persona “perfecta” aprende a no equivocarse, pero también a no explorar; aprende a agradar, pero no necesariamente a elegirse. De ahí que la frase tenga un matiz liberador: si no se esperaba perfección, el error deja de ser una amenaza moral y pasa a ser información. Ese cambio reduce la ansiedad y desactiva la vergüenza, dos fuerzas que suelen mantenernos obedientes a estándares que ni siquiera escogimos conscientemente.

La libertad como responsabilidad íntima

Sin embargo, la libertad que se propone aquí no es liviana: implica responsabilidad. Ser libre significa reconocer que nadie puede vivir por nosotros, y que nuestras decisiones—incluidas las imperfectas—nos pertenecen. En este sentido, la frase dialoga con el existencialismo: Jean-Paul Sartre, en *El existencialismo es un humanismo* (1946), sostiene que estamos “condenados a ser libres”, porque incluso no elegir es una elección. Por eso la libertad no es ausencia de límites, sino claridad sobre cuáles aceptamos y por qué. A medida que esa claridad crece, la necesidad de “ser perfecto” se vuelve menos atractiva: la brújula cambia del juicio externo a la coherencia interna.

Del personaje ideal al yo real

La perfección suele exigir interpretar un personaje: el competente, el fuerte, el impecable. Con el tiempo, sostener ese papel agota, porque obliga a esconder lo que no encaja: dudas, contradicciones, cansancio, deseo. La libertad, en cambio, invita a integrar esas partes sin convertirlas en sentencia. Aquí aparece una transición importante: no se trata de renunciar al crecimiento, sino de cambiar la lógica del crecimiento. En lugar de “mejorar para valer”, se trata de “crecer porque estoy vivo”. Esa diferencia vuelve más posible la autenticidad, y la autenticidad—por incómoda que sea al inicio—tiende a generar una paz más estable que la aprobación.

Vínculos que no exigen impecabilidad

Además, el ideal de perfección suele infiltrarse en las relaciones: amar “bien”, responder “bien”, no molestar, no fallar. Pero los vínculos más sanos no se sostienen por impecabilidad, sino por reparación. John Bowlby, en *Attachment and Loss* (1969), enfatiza que la seguridad emocional nace de la disponibilidad y la respuesta, no de la ausencia total de errores. Desde esa perspectiva, ser libre también significa permitir que otros nos vean humanos: pedir perdón, poner límites, admitir miedo. Paradójicamente, esa honestidad tiende a fortalecer la conexión, porque reduce el teatro y aumenta la confianza. La perfección distancia; la libertad, cuando es responsable, suele acercar.

Prácticas pequeñas para recuperar libertad

Finalmente, el mensaje se vuelve acción cuando se traduce en hábitos. Una forma sencilla es sustituir el estándar de perfección por preguntas de autonomía: “¿Esto lo elijo o lo obedezco?”, “¿Qué estaría haciendo si no tuviera que demostrar nada?”. También ayuda redefinir el error como parte del proceso: como en el aprendizaje de un idioma, donde equivocarse no es fracaso, sino el mecanismo mismo del avance. Con el tiempo, estas prácticas construyen una libertad menos abstracta: la de hablar con más verdad, elegir con menos culpa y avanzar sin esperar estar “listo”. Así, la frase de Santi funciona como recordatorio y permiso: no viniste a ser impecable; viniste a vivir con margen para ser real.

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