Colorea el mañana con acciones, no deseos

Cuando esboces el mañana, coloréalo con acciones, no con deseos. — Rabindranath Tagore
De la metáfora al compromiso
La imagen de “esbozar” y luego “colorar” el mañana sugiere un proceso creativo que no concluye en la imaginación: requiere brochazos concretos. Tagore contrapone los deseos, ligeros y evaporables, con acciones que fijan contornos y dan volumen al futuro. Así, el anhelo deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en orientación práctica, como cuando un pintor pasa del boceto al pigmento y al secado. En este tránsito, la voluntad deja de ser promesa para volverse forma, textura y resultado visible.
Tagore y la ética de hacer
La frase dialoga con la vida de Tagore, que unió pensamiento y obra. Tras fundar Santiniketan (1901) y la universidad Visva-Bharati (1921), convirtió su ideal educativo en un campus a cielo abierto, donde arte, naturaleza y comunidad se entrelazaban. En Sadhana (1913) reflexiona sobre la realización de la vida como unidad de espíritu y acción, y Gitanjali (1912) destila una espiritualidad encarnada en labores cotidianas. Incluso la máxima “no puedes cruzar el mar solo mirando el agua”, popularmente atribuida a él, resume esa invitación a dar el paso. Así, su biografía funciona como ejemplo: el mañana se pinta con instituciones, no únicamente con versos.
La brecha intención–comportamiento
Psicológicamente, la advertencia de Tagore anticipa la distancia entre querer y hacer. La Teoría de la Conducta Planificada de Icek Ajzen (1991) muestra que las intenciones no bastan sin control percibido y normas que faciliten actuar. Más aún, Peter Gollwitzer (1999) demostró que las “intenciones de implementación” —planes del tipo si-entonces— traducen propósitos vagos en guiones situacionales, elevando la probabilidad de ejecución. De este modo, el deseo deja de ser un estado interno para convertirse en respuesta preparada ante un disparador del entorno.
Del deseo al diseño: técnicas prácticas
Para colorear el mañana, conviene diseñar contextos favorables. Primero, formula planes si-entonces específicos (si cierro la computadora, entonces salgo a caminar 10 minutos). Luego, reduce la entrada con el “primer gesto de dos minutos” popularizado por James Clear (2018): empieza tan pequeño que no puedas fallar. Además, bloquea en calendario la acción clave y deja a la vista la “pista” (materiales listos). El Modelo de Conducta de BJ Fogg (2009) sugiere que la acción emerge cuando convergen motivación, capacidad y señal; por eso, simplificar y señalar supera al deseo abstracto. Así, el diseño comportamental vuelve operativo el ideal.
Lo que hacemos revela lo que valoramos
La economía llama “preferencias reveladas” (Paul A. Samuelson, 1938) a los valores que se infieren de nuestras elecciones, no de nuestras declaraciones. Bajo esta luz, Tagore nos insta a alinear lo que decimos querer con lo que realmente hacemos. Sin embargo, Kahneman y Tversky (1979) mostraron que sesgos como la aversión a la pérdida pueden desviar la acción incluso cuando el deseo es claro. Por eso, más que exhortar a querer con más fuerza, la frase impulsa a estructurar condiciones que faciliten coherencia práctica.
Del yo al nosotros: futuros compartidos
Finalmente, colorear el mañana no es solo un proyecto individual. Tagore impulsó el Instituto de Reconstrucción Rural en Sriniketan (1922), donde la educación se integraba con agricultura, artesanías y salud comunitaria. Esa apuesta convierte el deseo de progreso en programas sostenidos, medibles y participativos. Del mismo modo, hoy una ciudad que quiere sostenibilidad la pinta con carriles seguros, arbolado y transporte público fiable, no con slogans. Así, el trazo pasa del lienzo personal al mural social: la acción colectiva hace visible el color de nuestros valores.