Extiende las manos cuando el miedo aprieta
Cuando el miedo te atenaza, extiende las manos hacia lo que quieres. — Viktor Frankl
El gesto que rompe el cerco del miedo
Para empezar, la sentencia sugiere una inversión deliberada del reflejo natural de retraerse. Cuando el miedo atenaza, el cuerpo tiende a cerrarse; Frankl invita a lo contrario: abrirse y extenderse hacia lo valioso. Ese gesto —metafórico y literal— desplaza la atención de la amenaza al propósito, convirtiendo la energía de la ansiedad en impulso dirigido. Así, la acción mínima, un brazo que se alarga, inaugura una narrativa distinta: no la del bloqueo, sino la del avance.
Frankl y la brújula del sentido
A continuación, la vida de Viktor Frankl respalda esta orientación. En El hombre en busca de sentido (1946), relata cómo, pese al horror de los campos, se aferró a imágenes de futuro —como explicar su teoría— y al acto de consolar a otros. Esa elección, coherente con la logoterapia, asume que la voluntad de sentido guía la conducta cuando el placer o el poder no bastan. Como cita a Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”, recordándonos que el deseo con sentido otorga tracción moral al movimiento.
De evitar a acercarse: evidencia psicológica
Ahora bien, la psicología contemporánea muestra que el giro del evitar al acercarse transforma el miedo. La exposición graduada de Wolpe (c. 1958) y los modelos de aprendizaje inhibitorio (Craske et al., 2014) explican que acercarnos a lo temido, con seguridad suficiente, crea recuerdos nuevos que compiten con el temor. De modo convergente, la activación conductual en depresión (Jacobson et al., 1996) y el afrontamiento de aproximación (Carver, 1997) indican que movernos hacia metas valiosas reduce rumiación y refuerza autoeficacia. En suma, extender la mano no niega el miedo; lo reentrena.
El cerebro cuando damos el paso
Además, la neurociencia aclara por qué ese primer avance importa. La amígdala dispara alarma, pero las redes prefrontales pueden modularla cuando hay una meta clara; el enfoque atencional hacia el objetivo recluta circuitos dorsolaterales que organizan la acción (LeDoux, The Emotional Brain, 1996). A la vez, la experiencia de dominio refuerza vías dopaminérgicas asociadas a aprendizaje por recompensa, consolidando la valentía práctica (Phelps, 2004). Así, cada micropaso no solo cambia la historia que nos contamos, sino también la probabilidad neurobiológica de repetirla.
Microvalentía aplicada al día a día
Por eso, conviene traducir el lema en un protocolo sencillo: 1) nombra el miedo con precisión y, en paralelo, el deseo que lo justifica; 2) define una micro-acción de 60 segundos que apunte al valor; 3) repítela con ritmo, no con heroísmo esporádico; 4) busca un testigo o compañero; 5) revisa y celebra evidencia de progreso. Una violinista con pánico escénico, por ejemplo, decide “extender el arco” y atacar la primera nota ante un amigo, luego ante dos, hasta que el escenario grande ya no es un abismo sino una suma de pasos.
El riesgo y la ética de desear
En último término, extender las manos entraña riesgo: puede haber rechazo, pérdida o error. Sin embargo, Frankl defendió el “optimismo trágico” —afirmar la vida sin negar el sufrimiento— como una postura ética (Frankl, The Case for Tragic Optimism, 1984). Al movernos hacia lo querido, no garantizamos el resultado, pero sí la fidelidad al propio sentido. Esa autotrascendencia, dirigirnos hacia algo o alguien más allá del yo, convierte al sujeto de presa en agente. Y con cada avance, el miedo deja de ser carcelero para volverse maestro.