Crecemos al enfrentar lo que nos asusta
Crecemos en estatura al estirarnos hacia aquello que nos asusta. — Séneca
El borde del miedo
Séneca sugiere que la estatura moral aumenta cuando nos estiramos hacia lo temido. No es una invitación al riesgo ciego, sino a reconocer que el miedo marca la frontera de lo posible. En sus Cartas a Lucilio, especialmente en la Epístola 13 (“Sobre temores infundados”), advierte que la imaginación magnifica amenazas y nos encoge por dentro antes de que algo suceda. Estirarse, entonces, implica atravesar esa niebla mental y comprobar cuáles peligros son reales y cuáles son sombras. Al hacerlo, cambiamos de tamaño: lo que era un muro se vuelve umbral. Esta lógica estoica reubica al miedo como pedagogo y no como carcelero; al acercarnos con lucidez, emerge una versión más capaz de nosotros mismos.
Virtud que se estira
De esta premisa nace una práctica: el coraje como músculo. Para los estoicos, la virtud crece con el ejercicio deliberado; sin fricción no hay temple. Séneca sostiene en De providentia que la adversidad pule a los fuertes, del mismo modo que el fuego prueba el oro. Así, estirarnos hacia lo que asusta no niega la vulnerabilidad, la organiza: damos un paso calculado, observamos, y repetimos. En esa repetición se conquista un espacio interior. Tal como subraya la tradición estoica compartida con Epicteto y Marco Aurelio, el juicio —no el hecho— nos trastorna. Reformar el juicio frente al miedo transforma la experiencia: el estímulo es el mismo, pero nosotros ya somos otros.
Lo que dice la psicología
A la luz de lo anterior, la psicología aporta un andamiaje empírico. La exposición gradual de Joseph Wolpe (1958) muestra que acercarnos dosificado a lo temido reduce la ansiedad; la evitación, en cambio, la perpetúa. Albert Bandura (1977) describió cómo las “experiencias de dominio” consolidan la autoeficacia: cada logro pequeño reescribe la creencia “no puedo” por “puedo quizá, si practico”. En paralelo, la mentalidad de crecimiento de Carol Dweck (2006) refrenda la idea de estirarse: el error deja de ser sentencia para convertirse en información. Así, la sabiduría clásica y la evidencia moderna convergen: el miedo bien encuadrado es gimnasio de la agencia.
Un relato cercano
Consideremos a María, que temblaba al hablar en público. En lugar de huir, diseñó estiramientos mínimos: primero grabarse sola; luego exponer dos minutos ante un amigo; después, un equipo pequeño. Cada iteración era un ensayo controlado del pánico. A la tercera semana, su frecuencia cardíaca seguía subiendo, pero caía más rápido; a la sexta, improvisó respuestas sin perder el hilo. Lo decisivo fue la secuencia: miedo, aproximación, aprendizaje. Como en la Epístola 13 de Séneca, María descubrió que lo más paralizante no era la audiencia, sino la anticipación catastrófica. Al verla de frente, el monstruo se volvió manejable.
Prácticas para crecer
De este modo, conviene ritualizar el estiramiento. Primero, premeditatio malorum: imaginar obstáculos y preparar respuestas reduce sorpresas. Segundo, micro-retos con métricas claras (duración, frecuencia), para acumular dominio sin colapsar. Tercero, registro de evidencia: anotar lo temido y lo ocurrido corrige sesgos. Cuarto, recuperación intencional (sueño, respiración, paseo) para sostener el sistema nervioso. Quinto, una red de testigos: la mejora compartida se vuelve más real. Estas prácticas honran la máxima de Séneca: no buscamos peligro, buscamos perspectiva. Y la perspectiva crece con pasos cortos, constantes y conscientes.
Valor con prudencia
Finalmente, estirarse no equivale a temeridad. La prudencia —virtus clave en Séneca, también en De tranquillitate animi— distingue entre riesgos formativos y daños inútiles. Preguntas guía ayudan: ¿qué aprendo aquí?, ¿cuál es el peor escenario razonable?, ¿cómo lo amortiguo?, ¿qué señal me avisa de retroceder? Así, el miedo deja de ser veto y se convierte en brújula. Crecer en estatura no es gritar más fuerte, sino elegir mejor dónde y cómo avanzar. Cuando el avance es lúcido, el valor se sostiene; y cuando se sostiene, el mundo se agranda a nuestro tamaño.