Cuando la urgencia suplanta al verdadero progreso

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Rompe la rutina de la espera; inventa la urgencia y llámala progreso. — James Baldwin
Rompe la rutina de la espera; inventa la urgencia y llámala progreso. — James Baldwin

Rompe la rutina de la espera; inventa la urgencia y llámala progreso. — James Baldwin

La trampa de la urgencia

Para empezar, la sentencia sugiere que la impaciencia puede disfrazarse de avance cuando, en realidad, apenas rompe la monotonía para llenar el vacío con prisa. James Baldwin denunció a menudo los espejismos del progreso que no transforman las estructuras de injusticia; en The Fire Next Time (1963) advirtió que confundir movimiento con mejora moral es una coartada cómoda. Así, “inventar la urgencia” encubre la falta de cambios sustantivos con la adrenalina de lo inmediato.

Ritmos industriales y disciplina del tiempo

A continuación, la historia del trabajo industrial muestra cómo se fabrica la urgencia. E. P. Thompson explicó el paso de un tiempo “por tarea” a un tiempo “por reloj” que disciplinó cuerpos y conciencias (Time, Work-Discipline and Industrial Capitalism, 1967). El taylorismo formalizó esa presión en métricas de rendimiento (The Principles of Scientific Management, 1911), y la cadena de montaje fordista (1913) convirtió el apremio en norma. Llamar a esa aceleración “progreso” fue, en gran medida, un gesto retórico que elevó la productividad a vara universal, incluso cuando el bienestar quedaba rezagado.

Aceleración social y vacío de sentido

Asimismo, la teoría de la aceleración de Hartmut Rosa muestra cómo la sociedad moderna multiplica cambios, ritmos y opciones hasta convertir la velocidad en fin en sí mismo (Beschleunigung, 2005). Ese vértigo promete más mundo, pero a menudo entrega menos resonancia y sentido. Baldwin, por su parte, insistió en que el único progreso que cuenta es el que expande la dignidad y la libertad reales, no solo la tasa de novedades. Cuando la celeridad eclipsa el propósito, la urgencia deja de ser herramienta y se vuelve coartada.

Economía de la atención y alarma constante

Al trasladar esta lógica al presente, la sobreabundancia de información compite por un recurso escaso: nuestra atención. Herbert Simon lo formuló con claridad: una riqueza de información crea pobreza de atención (1971). Banners de “última hora”, métricas en tiempo real y notificaciones perpetuas convierten cada variación en crisis, y a esa hipertrofia del ahora se le llama innovación. Sin embargo, cuando el ciclo de alarma devora el análisis, lo nuevo no mejora lo importante: solo lo interrumpe.

Esperar como acto político

De ahí que esperar no sea siempre pasividad; puede ser táctica y cuidado. El boicot de autobuses en Montgomery (1955–56) mostró cómo una paciencia organizada puede doblegar estructuras injustas sin caer en el frenesí vacío. Baldwin retrató esas batallas y sus tiempos éticos en Nobody Knows My Name (1961) y The Fire Next Time (1963), donde la pausa estratégica abría espacio para deliberar, tejer alianzas y sostener el costo humano de la lucha. No toda demora es rutina: algunas son incubadoras de lo posible.

Criterios para llamar progreso

En última instancia, si la urgencia puede ser inventada, el nombre de progreso debe ganarse. Tres pruebas mínimas orientan el juicio: reducir daños, ampliar capacidades y devolver tiempo. El enfoque de capacidades de Amartya Sen plantea que el desarrollo es libertad efectiva, no solo producción (Development as Freedom, 1999). Bajo ese prisma, progresa lo que ensancha la autonomía cotidiana, fortalece cuidados y hace sostenibles los ritmos de vida y de planeta. Lo demás es prisa con otro nombre.