Dejar de esperar y empezar a remar

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No esperes a que llegue tu barco; nada hacia él. — Nelson Henderson
No esperes a que llegue tu barco; nada hacia él. — Nelson Henderson

No esperes a que llegue tu barco; nada hacia él. — Nelson Henderson

De la espera pasiva a la acción consciente

La frase de Nelson Henderson nos invita a abandonar la postura cómoda pero estéril de la espera. Imaginar que “nuestro barco” llegará por sí solo simboliza confiar únicamente en la suerte, el destino o los demás. En cambio, “nadar hacia él” propone un cambio de paradigma: pasar de ser espectadores de nuestra vida a protagonistas activos. Así, la metáfora marítima se convierte en una llamada directa a la responsabilidad personal, donde lo decisivo ya no es lo que llega, sino lo que hacemos para acercarnos a ello.

El barco como metáfora de metas y deseos

Profundizando en la imagen, el barco representa nuestras aspiraciones: un trabajo anhelado, una relación significativa, un proyecto creativo o incluso un cambio interior. Sin embargo, visualizar el barco en el horizonte no basta para que atraque en nuestro puerto. Esta distancia simbólica refleja la brecha entre lo que soñamos y lo que ejecutamos. Por eso, Henderson sugiere que la verdadera transformación comienza cuando dejamos de mirar el horizonte con nostalgia y empezamos a acortar la distancia con actos concretos, por pequeños que sean.

La responsabilidad como forma de libertad

Al proponer que nademos hacia el barco, la cita vincula responsabilidad y libertad. A primera vista, hacerse cargo de la propia vida parece una carga, pero en realidad libera. De modo similar a lo que afirma Viktor Frankl en “El hombre en busca de sentido” (1946), descubrir que siempre hay un margen de elección nos devuelve el control. Así, asumir que el siguiente movimiento depende de nosotros rompe la ilusión de que las circunstancias mandan por completo y abre un espacio donde la iniciativa personal determina el rumbo.

Superar el miedo al esfuerzo y al fracaso

No obstante, decidir nadar implica enfrentar miedos: al cansancio, a desviarse, incluso a no alcanzar nunca el barco. Ese temor suele alimentar la inacción, disfrazada de prudencia o de espera del “momento perfecto”. Sin embargo, como muestran tantas biografías de inventores, artistas o emprendedores, el progreso suele nacer de avances inseguros en aguas inciertas. Aceptar que habrá olas, corrientes y cambios de viento permite ver el esfuerzo y el posible tropiezo no como derrotas definitivas, sino como parte inevitable del trayecto hacia lo que deseamos.

Pequeñas brazadas y constancia cotidiana

Llegados a este punto, la cita nos guía hacia una conclusión práctica: nadar hacia el barco rara vez exige gestas heroicas, sino constancia. Una sola brazada no cambia el paisaje, pero miles sí. De manera análoga, dedicar unos minutos diarios a aprender, practicar o acercarse a las personas adecuadas va modificando lentamente nuestra posición en el “mar” de la vida. Así, la enseñanza de Henderson se concreta en un enfoque humilde y sostenido: menos espera milagrosa y más movimiento intencional, entendiendo que el rumbo se construye día a día.