Decidirse a Actuar: El Salto Emprendedor Audaz

Al diablo, hagámoslo. — Richard Branson
El impulso detrás del “al diablo”
La frase “Al diablo, hagámoslo” condensa un momento crítico: ese segundo en que la duda cede ante la decisión. Richard Branson alude a un impulso que rompe con la parálisis del análisis excesivo. No se trata de imprudencia vacía, sino de reconocer que nunca habrá certeza absoluta y, aun así, elegir avanzar. En este sentido, el “al diablo” funciona como un corte deliberado con el miedo, una forma de silenciar las objeciones internas que impiden iniciar proyectos, negocios o cambios de vida.
Coraje calculado frente a la incertidumbre
Ahora bien, pasar de la idea a la acción exige distinguir entre valentía y temeridad. Branson, conocido por Virgin Records o Virgin Atlantic, suele subrayar que se prepara y se rodea de expertos antes de “lanzarse”. La frase, entonces, no invita a ignorar los riesgos, sino a dejar de esconderse detrás de ellos. Una vez hecha la tarea mínima de evaluar escenarios, llega el punto en que seguir esperando solo significa perder oportunidades, y allí el “hagámoslo” cobra sentido.
El error como parte del camino
Esta actitud también supone una nueva relación con el fracaso. Al decir “al diablo”, se acepta de antemano la posibilidad de equivocarse, pero se redefine el error como aprendizaje. Historias empresariales como la de Virgin Cola, uno de los fracasos más citados de Branson, muestran que no todos los intentos prosperan, aunque cada uno deja datos valiosos para el siguiente movimiento. Así, la acción reiterada, incluso con tropiezos, suele producir más progreso que la perfección nunca iniciada.
Creatividad que nace del atrevimiento
Además, el “hagámoslo” abre la puerta a la creatividad práctica. Muchas ideas parecen imposibles hasta que alguien decide probarlas, aunque sea en pequeña escala. En la biografía de Branson se repite un patrón: detectar una insatisfacción (viajes aéreos incómodos, discos caros) y experimentar con soluciones distintas. Esta disposición a actuar convierte las intuiciones en prototipos y, con el tiempo, en innovaciones reales que transforman mercados y hábitos.
De la inspiración a la disciplina diaria
Finalmente, el espíritu de la frase solo se sostiene si se traduce en hábitos constantes. Un “al diablo, hagámoslo” aislado puede ser una anécdota; repetido como práctica, se vuelve una forma de vivir. Implica asumir pequeños riesgos cotidianos: proponer una mejora en el trabajo, iniciar una conversación incómoda pero necesaria o lanzar un proyecto piloto. Así, el coraje deja de ser un chispazo puntual y se convierte en una disciplina que, con el tiempo, redefine la trayectoria personal y profesional.