La fuerza que oprime y la fuerza que eleva

Hay dos maneras de ejercer la propia fuerza: una es empujando hacia abajo, la otra es tirando hacia arriba. — Booker T. Washington
Dos direcciones para la misma fuerza
La frase de Booker T. Washington parte de una constatación sencilla pero profunda: la fuerza no es buena ni mala por naturaleza, sino que depende de la dirección en que se ejerce. Podemos usarla para empujar a otros hacia abajo, sometiéndolos, o para tirar de ellos hacia arriba, elevándolos. Esta distinción transforma la idea de poder en una cuestión ética, pues nos obliga a preguntarnos no solo cuánto poder tenemos, sino qué hacemos con él y hacia dónde lo orientamos en la vida cotidiana.
El poder que aplasta y humilla
Al hablar de empujar hacia abajo, Washington alude a todas las formas de dominación que convierten la fuerza en un instrumento de humillación. La historia está llena de ejemplos: desde los regímenes esclavistas denunciados por el propio Washington en sus memorias *Up from Slavery* (1901), hasta las jerarquías laborales donde el abuso de autoridad destruye la autoestima de quienes están debajo. Así, el uso de la fuerza para oprimir no solo limita oportunidades, sino que también rompe el tejido moral de una comunidad, generando miedo, resentimiento y sumisión.
Elevar a otros como forma de liderazgo
En contraste, tirar hacia arriba significa ejercer la fuerza como apoyo, guía y protección. Washington, educador y líder afroamericano, encarnó esta idea al promover la formación técnica y moral de antiguos esclavos y sus descendientes en el Tuskegee Institute. En lugar de usar su prestigio para imponerse, intentó usarlo como palanca para que otros ascendieran con él. De este modo, el liderazgo deja de ser un privilegio personal y se convierte en una tarea de elevación colectiva, donde el éxito de uno se mide por el progreso de muchos.
Responsabilidad moral de quien tiene ventaja
La metáfora de empujar o tirar adquiere aún más fuerza cuando la aplicamos a las desigualdades sociales. Quien posee educación, dinero o influencia siempre se encuentra en una posición elevada respecto a otros. Desde esta altura simbólica, puede decidir si pisa cabezas para subir un peldaño más o si tiende la mano para que otros compartan el ascenso. Filósofos como John Rawls en *A Theory of Justice* (1971) sostienen que las ventajas deben organizarse de modo que beneficien también a los menos favorecidos, reforzando la intuición de Washington de que la fuerza adquiere legitimidad solo cuando contribuye al bien común.
Aplicaciones cotidianas de una fuerza que impulsa
Esta enseñanza no se limita a grandes líderes; también atraviesa las relaciones diarias. Un maestro puede ridiculizar al alumno que se equivoca o, por el contrario, usar su autoridad para darle confianza y ayudarle a mejorar. Del mismo modo, en una familia, la fuerza emocional de los adultos puede convertirse en control o en abrazo, según cómo se utilice. Cuando elegimos palabras que animan en lugar de descalificar, estamos tirando hacia arriba. Así, paso a paso, la suma de pequeñas decisiones configura una cultura donde la fuerza deja de ser amenaza y se vuelve impulso compartido.
Convertir la fuerza en servicio y ejemplo
Finalmente, la frase de Washington invita a redefinir la fuerza como capacidad de servir. Tirar hacia arriba exige renunciar a la gratificación inmediata del dominio para apostar por la satisfacción más profunda de ver crecer a otros. En esa línea, su propia vida sugiere que la verdadera grandeza no se mide por la cantidad de personas que obedecen, sino por el número de personas que, gracias a nuestro apoyo, ya no necesitan ser sostenidas. De este modo, la fuerza se transmuta en ejemplo: en lugar de un peso que aplasta, se vuelve cuerda firme a la que cualquiera puede asirse para subir.