Escuchar La Obra Interior Y Responderle Fielmente

Atiende a la llamada de tu obra y respóndele. — Rainer Maria Rilke
La invitación de Rilke a escuchar
Rilke, con su exhortación a atender la llamada de la propia obra, sitúa la creación como un diálogo íntimo más que como un acto de voluntad fría. No se trata solo de producir resultados, sino de escuchar algo que ya nos habla desde dentro. Así, la frase sugiere que cada persona alberga una “obra” particular —sea un poema, un proyecto vital o una forma de ser en el mundo— que insiste en manifestarse. En lugar de imponerle un plan rígido, Rilke nos propone la actitud contraria: afinar el oído interior para percibir qué nos pide realmente esa obra. De esta escucha nace la posibilidad de responder de manera auténtica, y no por mera imitación o presión externa.
La obra como vocación íntima
Al profundizar en esta idea, la obra deja de ser un simple trabajo y se convierte en vocación. En sus “Cartas a un joven poeta” (1903–1908), Rilke insiste en que el verdadero creador no escribe porque quiera, sino porque “debe” hacerlo, como si llevara dentro una necesidad inaplazable. De modo similar, la llamada de la obra es la forma que toma esa necesidad. No siempre se presenta con estruendo; a veces es un susurro persistente que atraviesa los años. Por ello, reconocerla implica honestidad: distinguir lo que deseamos por reconocimiento externo de aquello que, aun sin aplausos, continuaría reclamando nuestro esfuerzo y nuestra entrega.
Escucha creativa frente a control y ego
Desde esta perspectiva, atender la llamada de la obra implica también renunciar a cierto control narcisista. En lugar de preguntarnos “¿qué quiero demostrar?”, la pregunta cambia a “¿qué necesita esta obra para ser lo que es?”. Muchos artistas describen momentos en que un cuadro, un texto o una pieza musical “pide” un color, una escena o un silencio inesperado. Esta experiencia, relatada por novelistas como Julio Cortázar en entrevistas de los años setenta, muestra cómo la creación auténtica nace de una escucha humilde. La obra, entonces, deja de ser un objeto sometido al capricho del autor y se convierte en un organismo en crecimiento al que acompañamos, aceptando sorpresas y desvíos.
Responder: del impulso interior a la acción
Sin embargo, Rilke no se detiene en la mera escucha; añade un imperativo claro: “respóndele”. Escuchar sin responder sería reducir la llamada a un sueño cómodo. La respuesta toma la forma de disciplina diaria, elecciones concretas y renuncias. Un músico que percibe su vocación pero nunca practica, o un investigador que intuye una pregunta decisiva pero no se sienta a estudiar, viven en el terreno de la intención no cumplida. La respuesta auténtica implica transformar la inspiración en trabajo constante, aunque sea en pequeños gestos: una página al día, una hora de ensayo, una conversación honesta. Así, la obra deja de ser una abstracción ideal y se convierte en fruto tangible de nuestra fidelidad.
El riesgo y la libertad de ser fiel a la obra
Responder a la llamada de la obra, además, conlleva riesgo. A menudo esa obra no coincide con las expectativas familiares, sociales o profesionales. En “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” (1910), Rilke retrata a un protagonista que se desgarra entre la mirada ajena y la urgencia de escribir. De forma análoga, toda persona que escucha su obra se enfrenta a la disyuntiva entre comodidad y autenticidad. No obstante, es precisamente en esa elección donde nace una forma singular de libertad: la de construir la vida alrededor de aquello que nos reclama más hondamente. Aunque la incertidumbre aumente, también lo hace la coherencia interior, pues dejamos de vivir prestado para empezar a vivir desde nuestra propia fuente creadora.
Una ética de la responsabilidad creativa
Finalmente, la frase de Rilke puede leerse como una ética condensada: somos responsables de la obra que nos llama. No basta con reconocer talentos o deseos; se nos invita a custodiar y desarrollar aquello que se nos ha confiado. Esta responsabilidad no es pesada como una carga ajena, sino ligera como algo que nos corresponde por naturaleza. A medida que escuchamos y respondemos, la obra misma nos transforma: nos exige paciencia, nos enseña límites y nos revela recursos insospechados. De este modo, atender y responder a la obra interior no solo produce resultados creativos, sino que también moldea nuestro carácter, convirtiendo la vida entera en un proceso continuo de escucha, respuesta y crecimiento.