Abrir las manos para recibir y ofrecer dones

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Abre tus palmas al mundo; los dones llegan cuando estás listo para recibir y para dar. — Rabindranat
Abre tus palmas al mundo; los dones llegan cuando estás listo para recibir y para dar. — Rabindranath Tagore

Abre tus palmas al mundo; los dones llegan cuando estás listo para recibir y para dar. — Rabindranath Tagore

El gesto de abrir las palmas

La imagen de Tagore comienza con un gesto sencillo: abrir las palmas al mundo. No es solo una postura física, sino una disposición interior. Cuando las manos están cerradas, solo podemos aferrarnos a lo que ya tenemos; en cambio, al abrirlas, nos situamos en la actitud de confianza de quien se deja sorprender. De manera similar a como en los textos místicos de Oriente se invita a “desapegarse” para vivir plenamente, este gesto simboliza un corazón dispuesto a soltar el miedo y la rigidez. Así, el movimiento externo de las manos refleja un cambio profundo en la forma de relacionarnos con la vida.

La madurez de estar listo

Tagore añade una condición crucial: los dones llegan cuando estás listo. Esa “preparación” no alude a una perfección imposible, sino a un nivel de conciencia y responsabilidad. Así como en *Gitanjali* (1910) el autor habla del alma que se afina como un laúd antes de cantar, aquí sugiere que nuestros dones requieren un suelo fértil: autoconocimiento, serenidad y humildad para aprender. Estar listo implica haber transitado ciertas experiencias, aceptado límites y reconocido deseos auténticos. De este modo, lo que llamamos suerte o regalo del destino suele coincidir con ese momento interior en que por fin podemos apreciar y manejar lo que se nos ofrece.

Recibir sin culpa ni resistencia

Una vez preparados, surge el desafío de recibir. En muchas culturas, aceptar ayuda, reconocimiento o amor provoca pudor, como si no lo mereciéramos. Tagore sugiere lo contrario: los dones del mundo necesitan ser acogidos. Al igual que en las parábolas sobre talentos del Evangelio, donde esconder lo recibido es motivo de reproche, cerrar el corazón por modestia o temor impide que la vida circule. Recibir, entonces, se vuelve un acto de valentía y gratitud. Supone admitir que necesitamos al otro, que hay belleza en permitir que nos cuiden, y que la abundancia pierde sentido si no nos dejamos tocar por ella plenamente.

Dar como acto de plenitud

Sin embargo, Tagore no se detiene en el recibir; enfatiza también la capacidad de dar. Los dones no son un fin en sí mismos, sino algo que se multiplica al compartirse. De manera semejante a la idea de “dádiva” en Marcel Mauss (*Ensayo sobre el don*, 1925), el valor real surge en la circulación, no en la acumulación. Dar implica reconocer que lo que tenemos —talentos, tiempo, afecto— adquiere su mayor sentido en relación con los otros. Por eso, quien se cierra a ofrecer lo que ha recibido rompe el flujo natural de la vida y se condena a una riqueza estéril, vacía de vínculos y significado.

El equilibrio entre dar y recibir

Finalmente, la frase apunta a un equilibrio dinámico: estar listo para recibir y para dar. No se trata de sacrificarse siempre ni de esperar constantemente beneficios, sino de entrar en una danza de reciprocidad. En muchas comunidades tradicionales, los ciclos de ayuda y devolución sostienen la cohesión social; algo similar ocurre en nuestra vida emocional. Cuando solo damos, acabamos exhaustos; cuando solo recibimos, nos volvemos dependientes. Al abrir las palmas al mundo aceptamos este doble movimiento: dejamos entrar lo que nos nutre y, al mismo tiempo, lo dejamos salir en forma de servicio, creatividad y cuidado. Así, los dones dejan de ser episodios aislados y se convierten en un modo continuo de estar en el mundo.