Caminar Hacia La Intención Que Declaramos
Escribe tu intención en el viento y luego camina hacia ella. — Pablo Neruda
El gesto poético de escribir en el viento
Pablo Neruda propone una imagen que a primera vista parece inútil: escribir en el viento. Esta metáfora sugiere una declaración íntima, casi secreta, hecha a un elemento que no retiene nada. Sin embargo, precisamente ahí reside su fuerza: no se trata de grabar la intención en piedra para exhibirla, sino de formularla con honestidad ante algo más grande que nosotros, como quien confía un deseo al mar o a las estrellas. Así, la intención se vuelve un acto de conciencia, un momento en que nombramos aquello hacia lo que queremos dirigir la vida, aun sabiendo que el mundo no nos garantiza nada a cambio.
De la declaración al movimiento
Tras esta confesión al viento, Neruda añade el imperativo: “y luego camina hacia ella”. Aquí se traza el puente entre el sueño y la acción. No basta con anhelar; es necesario traducir el deseo en pasos concretos, por pequeños que sean. Del mismo modo que en *Veinte poemas de amor y una canción desesperada* el poeta convierte sentimientos en imágenes tangibles, la frase nos invita a convertir la intención en dirección. La palabra pronunciada se transforma así en brújula, y cada jornada, por rutinaria que parezca, puede ser entendida como un tramo más de ese camino elegido.
El viento como prueba de autenticidad
Elegir el viento como destinatario implica renunciar al aplauso inmediato. A diferencia de proclamar un objetivo en público para recibir aprobación, confiárselo al viento significa preguntarse: ¿seguiría queriendo esto si nadie me viera? En ese sentido, la metáfora recuerda a los diarios personales de escritores como Franz Kafka, que escribía sin saber si sería leído. La intención, entonces, se depura de adornos y expectativas ajenas. Solo queda lo que verdaderamente importa al sujeto, aquello por lo que estaría dispuesto a perseverar incluso en silencio, sin garantías de reconocimiento.
Caminar: la ética de la constancia
El verbo “caminar” sugiere un avance modesto, humano, lejos de los grandes saltos heroicos. Neruda no dice “corre” ni “conquista”, sino simplemente “camina”, como quien atraviesa las calles de Valparaíso sin prisa pero sin detenerse. Esta elección remite a una ética de la constancia: avanzar un poco cada día, aceptando cansancio, dudas y desvíos. En psicología del cambio de hábitos, autores como James Clear destacan cómo la repetición de pequeños actos configura identidades duraderas. Del mismo modo, caminar hacia la intención escrita en el viento significa sostener un rumbo, incluso cuando solo sea posible dar un paso más.
Aceptar la incertidumbre sin renunciar al rumbo
Escribir en el viento es aceptar que casi nada en la vida es totalmente controlable. Los planes pueden dispersarse como hojas al soplo de una ráfaga inesperada: una enfermedad, una crisis económica, un cambio de país. Sin embargo, la invitación de Neruda no es a la resignación, sino a la coherencia: mantener alineados intención y movimiento, aunque las circunstancias muten. Algo similar se percibe en *Confieso que he vivido*, donde el propio poeta narra virajes y exilios sin perder su compromiso con la poesía y la justicia. De este modo, la frase nos anima a convivir con la fragilidad del destino, pero eligiendo cada día volver a caminar hacia lo que hemos decidido ser.
La responsabilidad íntima de elegir un norte
Finalmente, la cita plantea una responsabilidad que nadie puede asumir por nosotros: elegir un norte y sostenerlo. Nadie más puede escribir nuestra intención en el viento, del mismo modo que nadie puede recorrer nuestra biografía en nuestro lugar. Como sugieren las cartas de Rainer Maria Rilke en *Cartas a un joven poeta* (1903–1908), hay decisiones existenciales que solo se toman en soledad. Sin embargo, una vez elegido ese norte, cada relación, trabajo o proyecto puede convertirse en escenario para encarnarlo. Así, la frase de Neruda no es solo un consejo poético, sino una invitación a vivir con propósito: decir en voz baja lo que deseamos ser y, luego, permitir que nuestra forma de caminar lo confirme.