Cantar la calma para abrir posibilidades

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Canta a los rincones tranquilos de tu vida; la música despierta la posibilidad. — Hildegarda de Bingen

Una invitación a mirar hacia adentro

Hildegarda de Bingen propone empezar por lo aparentemente pequeño: “los rincones tranquilos” de la vida. Antes de buscar inspiración en lo grandioso o lo extraordinario, sugiere volver a lo cotidiano y silencioso, allí donde se acumulan la memoria, el descanso y la claridad. En ese gesto hay una ética de la atención: aprender a reconocer lo que sostiene el día cuando nadie mira. A partir de esa mirada interior, el canto no es solo ornamento, sino una forma de nombrar lo que suele quedar sin palabras. Así, la frase abre una senda: si atendemos con cuidado a lo sereno, encontraremos material vivo para transformar la experiencia en música y, con ello, en sentido.

La música como acto de despertar

Luego aparece el verbo decisivo: “despierta”. La música, en esta visión, no se limita a acompañar emociones; las activa. Como si el sonido encendiera una habitación mental que estaba a oscuras, el canto vuelve perceptibles matices que el lenguaje ordinario aplana: un duelo leve, una gratitud tímida, una esperanza que apenas se atreve. En continuidad con esa idea, Hildegarda sugiere que la posibilidad no siempre se construye primero con planes, sino con sensibilidad. Al modular la voz o escuchar una melodía, reorganizamos la atención y, con ella, lo que creemos posible. El despertar musical es, entonces, un cambio de estado: del automatismo a la presencia.

Los rincones tranquilos como reserva de creatividad

Esos “rincones” pueden ser un banco al sol, la cocina antes de que todos despierten o el trayecto rutinario por una calle familiar. Precisamente por ser modestos, guardan una potencia creativa: no exigen rendimiento, permiten respirar y, por lo mismo, dejan que aparezcan asociaciones nuevas. En vez de perseguir la inspiración, uno la cultiva como se cultiva un huerto: con tiempo, repetición y calma. De ahí el movimiento natural de la cita: cantar a lo tranquilo no es escapismo, sino una manera de extraer posibilidades del suelo firme de la vida real. La creatividad no llega como relámpago; a menudo se construye como un hábito de escucha.

Una raíz espiritual e histórica

La frase también resuena con la figura de Hildegarda: abadesa, compositora y pensadora del siglo XII. Sus cantos litúrgicos, reunidos en obras como *Symphonia armonie celestium revelationum* (c. 1150), muestran una convicción: el sonido puede ser vía de conocimiento y de elevación interior. En ese contexto, la música no se opone al silencio; nace de él y vuelve a él enriquecida. Por eso, cuando habla de “despertar la posibilidad”, no apunta solo a lo práctico, sino a una expansión del horizonte del alma. La posibilidad es también vocación, consuelo, reconciliación: un modo de volver a orientarse cuando el mundo parece estrecho.

Del canto íntimo a la acción cotidiana

Sin embargo, el despertar que describe no se queda en lo contemplativo. Una vez que la música abre espacio interno, se vuelve más fácil elegir de otro modo en lo externo: responder con menos dureza, arriesgar una conversación pendiente, comenzar un proyecto pequeño. La posibilidad no aparece como una promesa abstracta, sino como una siguiente acción que antes no se veía. Así, la transición es clara: del rincón tranquilo al gesto concreto. Cantar puede ser una práctica para ensayar libertad: al cambiar el tono de la experiencia, cambia también el repertorio de decisiones disponibles.

Una práctica sencilla para tiempos difíciles

En momentos de fatiga o incertidumbre, “cantar a los rincones tranquilos” ofrece un método accesible: volver a lo estable, encontrar una melodía —aunque sea mínima— y permitir que el cuerpo recuerde que todavía puede crear. No hace falta un escenario; basta una habitación, una caminata o incluso tararear mientras se ordena. Lo importante es la dirección: del ruido hacia una calma fértil. Finalmente, la frase se lee como una confianza: la posibilidad no siempre se conquista a la fuerza; a veces se despierta con belleza. Y esa belleza, para Hildegarda, puede empezar en el acto humilde de cantar lo que ya está en paz dentro de nosotros.