La risa como brújula en la tormenta

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Aférrate a tu risa; es una brújula en tiempos tormentosos. — Langston Hughes

Una brújula emocional en medio del caos

Langston Hughes propone una imagen sencilla y poderosa: cuando todo se agita, la risa puede orientarnos. No la presenta como una negación del dolor, sino como un punto de referencia interno que ayuda a no perderse. En tiempos “tormentosos”, donde los acontecimientos cambian rápido y el ánimo se vuelve volátil, aferrarse a la risa equivale a conservar un norte personal. A partir de esa metáfora, la risa funciona como señal de continuidad: recuerda quién eres antes del golpe y quién puedes seguir siendo después. Por eso no es un lujo frívolo, sino una forma de sostener la identidad cuando el entorno parece querer disolverla.

Risa y resiliencia: el arte de seguir de pie

A continuación, la frase sugiere que la risa es una herramienta de resiliencia. Reír en la dificultad no significa que la dificultad sea pequeña; significa que el yo no queda reducido a ella. En la vida cotidiana esto se ve en gestos mínimos: un chiste compartido en una sala de espera, una carcajada en una cocina con cuentas por pagar, o una broma que corta el silencio después de una mala noticia. Ese instante de ligereza reordena el cuerpo y la mente: afloja la tensión y devuelve una sensación de margen. Así, la risa no resuelve el problema, pero crea el espacio psicológico para enfrentarlo sin sentirse completamente arrasado.

Humor como verdad social y crítica

Luego conviene recordar quién habla: Hughes, voz central del Harlem Renaissance, conoció un mundo donde el dolor también era estructural. En ese contexto, el humor puede ser una forma de decir la verdad sin ser destruido por ella, una crítica que se cuela por la puerta lateral. La tradición afroamericana del “signifyin’” y la sátira cotidiana han usado la risa para denunciar lo injusto y, al mismo tiempo, preservar la dignidad. Así, la risa-brújula no solo orienta al individuo; también sostiene a la comunidad. Compartir humor en tiempos adversos crea complicidad, y esa complicidad se vuelve una manera de resistir la soledad que la tormenta intenta imponer.

No es evasión: es una pausa estratégica

Sin embargo, Hughes no invita a usar la risa como máscara permanente. Aferrarse a ella no equivale a ignorar el duelo, la rabia o el miedo, sino a intercalar una pausa que permita seguir avanzando. Como en la navegación real, mirar la brújula no elimina el oleaje; solo evita que el barco se desoriente. En términos prácticos, la risa puede convivir con el llanto. La alternancia es humana: a veces se ríe por ternura, por ironía o incluso por agotamiento. Esa mezcla no es incoherencia, sino un modo de regular la carga emocional para que la vida siga siendo habitable.

La risa compartida como vínculo y refugio

Después aparece otra dimensión: la risa suele ser relacional. Una brújula funciona mejor cuando se contrasta el rumbo, y algo similar ocurre con el humor: se afina en compañía. En momentos difíciles, reír con alguien —aunque sea por algo pequeño— crea un refugio inmediato, una microcomunidad donde el mundo exterior pierde poder por unos minutos. Además, la risa compartida repara vínculos: reduce la hostilidad, humaniza al otro y recuerda experiencias comunes. Incluso cuando no hay soluciones, la sensación de “no estoy solo” cambia la textura del problema y hace más probable la perseverancia.

Cultivar una brújula: hábitos de humor cotidiano

Finalmente, “aférrate” implica intención. La risa no siempre llega sola; a veces hay que buscarla como quien protege una llama. Eso puede significar volver a una película que conoces de memoria, guardar anécdotas familiares, leer a un autor que te hace sonreír o permitirte la tontería sin culpa. Con el tiempo, estos hábitos crean un repertorio de alivio: no para vivir anestesiado, sino para recordar el rumbo cuando aprieta el viento. En esa lógica, la risa se convierte en una práctica de cuidado personal y colectivo, una brújula que no promete calma, pero sí orientación.