Ser colibrí: actuar con valentía diaria

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Seré un colibrí. Haré lo mejor que pueda. — Wangari Maathai

Una promesa humilde, no una grandilocuencia

“Seré un colibrí” suena pequeño a propósito: Maathai no promete salvar el mundo de un golpe, sino asumir una identidad de acción constante. En lugar de proclamarse heroína, elige un símbolo de ligereza y persistencia, como si dijera que la grandeza puede nacer de movimientos diminutos repetidos con intención. Y precisamente ahí aparece el segundo enunciado, “Haré lo mejor que pueda”, que aterriza la metáfora en una ética práctica: no exige perfección, exige esfuerzo. Con ese giro, la frase deja de ser poética y se convierte en un compromiso cotidiano.

La fuerza de lo pequeño ante lo inmenso

El colibrí evoca la idea de contribuir aunque el problema parezca desproporcionado. En muchas tradiciones populares circula la fábula del colibrí que, ante un incendio del bosque, transporta gotas de agua; cuando le dicen que no bastará, responde que hace su parte. Aunque la historia se cuente en distintas versiones, su lógica coincide con la frase de Maathai: la medida moral no es la magnitud del gesto, sino la fidelidad a la responsabilidad. Desde ahí, la metáfora también combate la parálisis: si solo actuamos cuando el resultado está garantizado, terminamos inmóviles. El colibrí, en cambio, se mueve aunque la victoria sea incierta.

Responsabilidad personal sin cargar el mundo

“Haré lo mejor que pueda” delimita un territorio: el de lo posible. Maathai sugiere una responsabilidad que no se confunde con omnipotencia; uno responde por su parte, no por el desenlace total. Ese matiz es crucial, porque evita dos extremos: la indiferencia (“no sirve de nada”) y el agotamiento moral (“tengo que hacerlo todo”). Además, al hablar en primera persona, la frase invita a una contabilidad interna: hoy, con mis recursos reales—tiempo, energía, conocimiento—¿qué acción concreta puedo sostener? Así, la ética se vuelve habitable y no una carga inhumana.

Del símbolo a la acción colectiva

A continuación, la imagen del colibrí funciona como contagio social: cuando alguien actúa, abre una grieta por la que otros pueden entrar. Lo pequeño es replicable; no requiere permiso ni una plataforma extraordinaria. Un gesto modesto pero visible—plantar un árbol, organizar a un vecindario, insistir en una práctica—puede convertirse en hábito comunitario. En este sentido, Maathai habla desde una intuición organizativa: los cambios grandes suelen ser acumulaciones de acciones pequeñas coordinadas. La frase no glorifica la soledad del esfuerzo; más bien, sugiere el primer paso que hace posible el “nosotros”.

Esperanza como disciplina, no como ilusión

Finalmente, “seré” coloca la esperanza en futuro, pero no como fantasía: como decisión. La esperanza aquí no depende de un pronóstico favorable, sino de la voluntad de participar. Ese tipo de esperanza se parece a una disciplina: se practica incluso cuando el contexto desanima. Por eso la frase termina siendo una guía para épocas difíciles: cuando el problema es demasiado grande, el colibrí recuerda que aún queda un margen de acción digno. Y en ese margen—hacer lo mejor posible—la esperanza deja de ser un sentimiento pasajero y se convierte en una manera de vivir.