Miradas que no ven: la ceguera cotidiana
Me pregunto a cuántas personas he mirado en toda mi vida y nunca he visto. — John Steinbeck
La paradoja de mirar sin ver
Steinbeck condensa una inquietud incómoda: podemos dirigir los ojos hacia alguien y, aun así, no percibirlo de verdad. “Mirar” sucede rápido, casi automático; “ver” exige presencia, interés y una mínima apertura al otro. En esa distancia entre ambos verbos aparece la paradoja: la vida puede llenarse de rostros registrados, pero no reconocidos. A partir de ahí, la frase funciona como un espejo moral. No acusa con estridencia; pregunta. Y al preguntar, sugiere que la indiferencia no siempre es malicia, sino una forma de ceguera aprendida, un hábito de pasar junto a las personas sin concederles realidad.
La atención como forma de humanidad
Si el problema es no ver, la solución comienza por la atención. Prestar atención no es solo notar detalles físicos; es admitir que el otro tiene un mundo interno tan complejo como el propio. En ese sentido, “ver” se vuelve un acto de reconocimiento: la diferencia entre tratar a alguien como parte del decorado o como sujeto. Esto enlaza con una idea ética clásica: Martin Buber en *Yo y Tú* (1923) distingue entre relacionarse como “Yo-Ello” (instrumental) y “Yo-Tú” (recíproco). Steinbeck parece lamentar cuántas veces hemos vivido en modo “Ello”, incluso sin darnos cuenta.
La costumbre que borra a los demás
Luego aparece el papel de la rutina. Los trayectos repetidos, los roles (cliente, conductor, cajero), la prisa: todo empuja a simplificar personas en funciones. Basta pensar en el compañero de trabajo al que saludamos mecánicamente o en el vecino cuyo nombre nunca preguntamos. No es que no existan; es que nuestra mente los reduce para ahorrar energía. En continuidad con esto, la frase sugiere una pérdida silenciosa: la ciudad o la vida social se llena de “conocidos invisibles”. La acumulación de encuentros sin encuentro real crea una especie de soledad compartida, donde muchos están cerca pero pocos son vistos.
Psicología de la percepción selectiva
Desde la psicología, esta ceguera cotidiana tiene explicación: la atención es limitada y el cerebro filtra. Experimentos sobre “ceguera inatencional”, como el de Simons y Chabris, “The Invisible Gorilla” (1999), muestran que al concentrarnos en una tarea podemos no notar estímulos evidentes. Steinbeck, en clave humana, traslada ese fenómeno a la vida diaria: la mente enfoca objetivos y deja personas fuera del marco. Sin embargo, el matiz importante es que lo inevitable puede volverse elegido. Aunque no podamos verlo todo, sí podemos decidir a quién concedemos una mirada que se quede un segundo más, la clase de mirada que empieza a transformar un rostro anónimo en alguien.
Imaginación moral y empatía
A continuación, “ver” implica imaginar. No se trata de inventar historias, sino de conceder posibilidad: esa persona quizá viene cansada, quizá celebra algo, quizá carga una preocupación. Esta imaginación moral abre espacio a la empatía sin necesidad de intimidad. En la literatura, esta capacidad es central: novelas como *To Kill a Mockingbird* de Harper Lee (1960) insisten en “ponerse en la piel del otro” como aprendizaje ético. Así, la pregunta de Steinbeck es también una invitación literaria: entrenar la mirada para leer la vida ajena como algo más que un fondo borroso. Ver, en este sentido, es permitir que el mundo se vuelva más poblado y menos utilitario.
Una práctica pequeña con efectos grandes
Finalmente, la frase no exige heroísmo; propone un cambio de escala mínima. Ver a alguien puede ser recordar su nombre, hacer una pregunta genuina o notar una emoción. A veces basta con reconocer al trabajador invisible del día a día—quien limpia, sirve, transporta—y ofrecerle el tipo de trato que confirma: “estás aquí, importas”. Con ese cierre, Steinbeck deja una inquietud fértil: quizá el sentido de una vida más plena no está solo en grandes decisiones, sino en la suma de pequeñas presencias. Mirar, todos miramos; pero ver—ver de verdad—puede ser una forma discreta de justicia cotidiana.