El miedo como petición secreta de amor

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Quizá todo lo que nos asusta sea, en su esencia más profunda, algo indefenso que quiere nuestro amor. — Rainer Maria Rilke

La inversión radical del miedo

Rilke propone una vuelta de tuerca: aquello que nos aterra no sería, en el fondo, un enemigo poderoso, sino algo vulnerable que busca ser acogido. Con esta inversión, el miedo deja de ser solo una alarma y se convierte en un mensaje cifrado, una presencia que pide atención en lugar de combate. A partir de ahí, la frase desplaza la pregunta habitual—“¿cómo lo elimino?”—hacia otra más íntima: “¿qué intenta proteger o mostrar?”. Ese cambio de enfoque no niega el peligro real que a veces existe, pero sí sugiere que muchas amenazas internas se alimentan de nuestra huida, mientras se debilitan cuando las miramos con paciencia.

Lo indefenso detrás de lo monstruoso

Si lo aterrador se disfraza de monstruo, Rilke insinúa que ese disfraz puede ser una estrategia de supervivencia: algo frágil se agranda para no ser herido. En ese sentido, el miedo sería una máscara que cubre carencias, duelos, vergüenzas o necesidades no reconocidas; cuanto menos lenguaje les damos, más gritan desde la sombra. Así, lo “indefenso” no significa inofensivo, sino desamparado. Un recuerdo no procesado o una inseguridad antigua pueden comportarse como si tuvieran garras, pero su núcleo es una petición de cuidado. La lectura rilkeana nos invita a sospechar que, bajo la amenaza, suele haber una herida.

Amor como forma de atención

Cuando Rilke habla de “nuestro amor”, no se limita al romanticismo: apunta a una cualidad de presencia capaz de sostener lo incómodo sin aplastarlo. Ese amor se parece más a la comprensión activa que a la indulgencia; es mirar con ternura y, al mismo tiempo, con claridad. Por eso, en lugar de pelear contra el miedo, la frase sugiere acompañarlo hasta que revele su intención. En términos cotidianos, sería como sentarse con una ansiedad antes de dormir y preguntarle qué teme perder, qué intenta evitar, a quién protege. Con ese gesto, lo temible empieza a perder su carácter absoluto y se vuelve humano.

Ecos psicológicos: integrar lo rechazado

Esta intuición dialoga con ideas modernas sobre la psique: lo que reprimimos o rechazamos tiende a regresar de forma distorsionada. Carl Jung describió la “sombra” como aquello no reconocido que, precisamente por quedar fuera de la conciencia, se manifiesta con fuerza y nos inquieta (Jung, *Aion*, 1951). En esa línea, amar lo que asusta se parece a integrarlo. De modo complementario, terapias contemporáneas como la ACT (Acceptance and Commitment Therapy) proponen dejar de luchar contra ciertas experiencias internas y relacionarse con ellas de manera distinta (Hayes, Strosahl y Wilson, *Acceptance and Commitment Therapy*, 1999). El objetivo no es aprobar el dolor, sino quitarle el mando.

Una ética de la valentía compasiva

Al avanzar, la frase también sugiere una ética: la valentía no como dureza, sino como compasión aplicada a lo difícil. En vez de responder con violencia—contra uno mismo o contra el mundo—se trata de responder con una firmeza que no humilla. Esa postura cambia la forma de actuar: no es rendición, es madurez. En la práctica, esto puede verse cuando alguien con miedo a hablar en público descubre que, detrás del pánico, hay un deseo indefenso de ser aceptado. Al reconocerlo, ya no necesita castigarse por temblar; puede prepararse mejor, pedir apoyo y exponerse gradualmente. El amor, aquí, funciona como un suelo estable.

Límites: no todo miedo se resuelve con ternura

Aun así, Rilke no debe leerse como una consigna ingenua. Hay miedos que responden a riesgos concretos—violencia, abuso, entornos peligrosos—y ahí el amor también puede significar protegerse, poner límites y buscar ayuda. Amar lo indefenso no implica quedarse donde uno es dañado. Con todo, incluso en esos casos, la frase conserva su filo: si algo nos asusta por dentro, tal vez pide cuidado; si algo nos amenaza por fuera, tal vez pide distancia. En ambas direcciones, Rilke parece recordarnos que la respuesta más transformadora nace cuando dejamos de reaccionar a ciegas y empezamos a comprender.