La pertenencia nace de aceptarse a uno mismo

La pertenencia comienza con la autoaceptación. — Brené Brown
El punto de partida interior
Brené Brown sitúa la pertenencia en un lugar inesperado: no en la aprobación externa, sino en la relación que sostenemos con nosotros mismos. Si la pertenencia se entiende como la sensación de tener un lugar legítimo en el mundo, entonces ese “permiso” difícilmente puede depender solo de los demás, porque quedaría a merced del juicio y la fluctuación social. Así, la autoaceptación aparece como el umbral: reconocer lo que somos —virtudes, límites, historia— sin exigirnos una versión impecable para merecer afecto. A partir de esa base, el vínculo con otros deja de ser una evaluación constante y empieza a ser un encuentro más honesto.
Aceptación no es resignación
Ahora bien, autoaceptarse no equivale a renunciar al crecimiento. Más bien, cambia el motor del cambio: en lugar de mejorar por vergüenza, se mejora por cuidado. Brown desarrolla esta distinción en *The Gifts of Imperfection* (2010), donde describe cómo la vergüenza promete pertenencia a cambio de perfección, pero termina aislando. Cuando una persona se acepta, puede decir “esto me cuesta” sin sentirse derrotada, y “quiero cambiar esto” sin odiarse. Esa combinación —realismo y compasión— hace que la transformación sea sostenible y que el deseo de pertenecer no se convierta en una carrera interminable por encajar.
La trampa de encajar frente al valor de pertenecer
Con esa base, se entiende por qué Brown diferencia “encajar” de “pertenecer”: encajar suele implicar ajustar la propia identidad al molde del grupo, mientras que pertenecer implica ser recibido sin traicionarse. En *Braving the Wilderness* (2017), Brown plantea que la pertenencia verdadera requiere presentarse como uno es, no como se supone que debería ser. Un ejemplo cotidiano: en un nuevo trabajo, alguien puede imitar opiniones y estilos para evitar fricción; quizá “encaja”, pero se siente impostor. En cambio, cuando la autoaceptación permite expresar una idea genuina —con respeto, pero sin máscara—, la pertenencia se vuelve posible, aunque no siempre garantizada.
Vulnerabilidad como puente social
Luego aparece una consecuencia natural: la autoaceptación abre espacio para la vulnerabilidad. Si una persona no se castiga internamente por ser imperfecta, puede admitir dudas, pedir ayuda o reconocer errores sin derrumbarse. Brown popularizó esta idea en su charla TED “The Power of Vulnerability” (2010), señalando que la conexión se construye cuando dejamos de actuar como si no necesitáramos a nadie. Paradójicamente, esa exposición prudente —no indiscriminada, sino con límites— genera confianza. Las relaciones se vuelven menos performativas y más reales, y la pertenencia deja de depender de impresionar para depender de conectar.
Límites y elección de comunidades
A continuación, la autoaceptación también cambia el criterio para elegir dónde estar. Si el valor personal no depende de agradar, se vuelve más fácil reconocer entornos que exigen silencio, sumisión o una identidad recortada. Pertenecer no es quedarse en cualquier lugar, sino encontrar —y construir— espacios donde la dignidad se respeta. En ese sentido, poner límites no contradice la pertenencia: la protege. Decir “aquí no puedo ser yo” es un acto de claridad que evita confundir aceptación con tolerar lo intolerable. La pertenencia madura incluye el coraje de alejarse de lo que pide autoabandono.
Una práctica diaria de dignidad
Finalmente, la frase de Brown funciona como una invitación práctica: la pertenencia empieza cada día con pequeños gestos de autoaceptación. Puede ser hablarse con honestidad sin insultos, reconocer una emoción sin minimizarla, o celebrar un avance sin compararlo. Con el tiempo, esos actos construyen una identidad menos frágil ante el rechazo. Cuando la autoaceptación se vuelve hábito, la pertenencia deja de ser una meta distante y se convierte en un estado que acompaña: uno llega a los vínculos no para mendigar lugar, sino para compartirlo. Y desde ahí, la conexión con otros gana profundidad, porque nace de la autenticidad, no del miedo.