Trabajar como poesía, vivir con disciplina constante

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Que el trabajo sea tu poema; que la disciplina sea tu estrofa interminable. — Rumi
Que el trabajo sea tu poema; que la disciplina sea tu estrofa interminable. — Rumi

Que el trabajo sea tu poema; que la disciplina sea tu estrofa interminable. — Rumi

El trabajo como acto creativo

Rumi plantea, desde el inicio, una inversión de perspectiva: el trabajo no sería solo un medio para producir o sobrevivir, sino una forma de creación comparable a escribir un poema. Llamarlo “poema” sugiere intención, ritmo y sentido; incluso una tarea sencilla puede contener belleza si se realiza con atención plena. A partir de esa idea, la cita invita a preguntarse qué hace poética a una acción cotidiana: quizá el cuidado en los detalles, la coherencia interna y el deseo de aportar algo verdadero. En esa clave, el oficio deja de ser mero esfuerzo y se vuelve lenguaje: una manera de decir quién eres mediante lo que haces.

Disciplina: la estrofa que sostiene el sentido

Si el trabajo es el poema, la disciplina aparece como su estructura: la estrofa repetida que permite que el texto exista. Rumi no romantiza la inspiración súbita; más bien sugiere que lo valioso se construye con continuidad, como una forma de fidelidad diaria a un propósito. Por eso habla de una “estrofa interminable”: no porque sea agotadora, sino porque la disciplina, al prolongarse, genera un estilo de vida. En el mismo espíritu, Aristóteles en la *Ética a Nicómaco* (c. 350 a. C.) afirma que somos lo que hacemos repetidamente, conectando virtud y hábito como una arquitectura que sostiene la excelencia.

Del entusiasmo al compromiso cotidiano

Con frecuencia, lo que empieza con entusiasmo se diluye cuando llegan la rutina o la dificultad. La cita hace de puente entre ese inicio luminoso y el tramo menos glamoroso: la repetición. Aquí la disciplina no es castigo, sino el mecanismo que transforma una emoción inicial en un carácter estable. Piénsese en alguien que decide aprender un instrumento: las primeras semanas están llenas de curiosidad, pero el verdadero cambio ocurre cuando, pese al cansancio, se sienta quince minutos cada día. De forma gradual, la práctica se vuelve música; de manera similar, el trabajo sostenido convierte una intención vaga en una obra concreta.

La artesanía de la atención

Al llamar “poema” al trabajo, Rumi también coloca la atención en el centro. Un poema se arruina si se escribe sin cuidado; del mismo modo, una jornada laboral puede vaciarse de significado si se vive en automático. La disciplina, entonces, no solo regula el tiempo: educa la mirada para hacer bien lo que se hace. En este punto, la tradición contemplativa sugiere que la calidad interna precede a la externa. Simone Weil, en “Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares...” (1942), sostiene que la atención es una forma de oración. Así, la cita conecta productividad con presencia: trabajar bien sería, en parte, aprender a estar realmente allí.

Transformar el esfuerzo en identidad

Más adelante, la metáfora poética señala que el trabajo termina escribiéndonos a nosotros. Cuando repetimos una estrofa —un hábito— se forma una voz. La disciplina, sostenida en el tiempo, deja de ser una técnica y se vuelve identidad: no “hago esto”, sino “soy alguien que hace esto”. Esa transición explica por qué pequeños actos constantes suelen superar a planes grandiosos. Una persona que escribe dos páginas al día, aunque parezca mínimo, acumula un libro en meses; quien entrena con regularidad construye un cuerpo distinto sin dramatismo. En ambos casos, el poema no nace del golpe de genio, sino de la fidelidad a la estrofa.

Una espiritualidad práctica: sentido sin grandilocuencia

Finalmente, Rumi propone una espiritualidad encarnada: lo sagrado no solo estaría en la meditación o el retiro, sino en el taller, la cocina, la oficina o el aula. Hacer del trabajo un poema no exige solemnidad; exige propósito y coherencia. Y mantener una “estrofa interminable” no implica rigidez, sino un compromiso flexible con lo esencial. De este modo, la cita culmina en una síntesis: la belleza requiere estructura, y la estructura gana alma cuando sirve a la belleza. Cuando la disciplina acompaña al sentido, el trabajo deja de ser pura carga; se vuelve una forma de escribir, día tras día, una vida más clara.