Reconocer el poder que creemos no tener

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La forma más común en que la gente renuncia a su poder es pensando que no tiene ninguno. — Alice Walker

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La renuncia silenciosa al poder personal

Alice Walker plantea una idea incómoda: muchas derrotas no llegan por fuerza externa, sino por una cesión íntima y casi imperceptible. La “forma más común” de perder poder no es un enfrentamiento directo, sino una conclusión interna: “yo no puedo”. Así, el poder no se arrebata necesariamente; se entrega cuando la persona deja de considerarse agente de su propia vida. A partir de ahí, la frase funciona como un espejo: invita a identificar cuántas decisiones—callar una opinión, no pedir un aumento, no denunciar una injusticia—no provienen de la falta real de capacidad, sino de la creencia previa de que esa capacidad no existe. El problema, entonces, no es solo la falta de recursos, sino el relato personal que los vuelve invisibles.

Creencias que se vuelven destino

Esta renuncia se sostiene en creencias aprendidas: ideas sobre quién merece hablar, liderar o equivocarse sin ser castigado. Cuando una persona internaliza que su voz “no cuenta”, actúa como si fuera cierto; y al actuar así, la realidad termina pareciendo confirmarlo. En psicología, esta dinámica se aproxima a la indefensión aprendida descrita por Martin Seligman (1975), donde experiencias repetidas de impotencia llevan a dejar de intentar incluso cuando las condiciones cambian. Con ese puente, la frase de Walker no se limita a inspirar: diagnostica un mecanismo. Lo trágico no es solo que se pierdan oportunidades, sino que se normalice la idea de que no hay alternativas, como si la ausencia de acción fuera prudencia y no un reflejo condicionado.

El poder como percepción y como práctica

Sin embargo, Walker sugiere que el poder no es únicamente una propiedad que se posee, sino una relación con uno mismo y con el entorno. Percibir poder es el primer paso, pero practicarlo lo vuelve real en la experiencia cotidiana. Aquí encaja la noción de autoeficacia de Albert Bandura (1977): la creencia de que uno puede influir en los resultados aumenta la probabilidad de actuar, perseverar y aprender de los errores. En consecuencia, el poder crece con pequeños actos acumulados: pedir claridad cuando algo no se entiende, poner un límite, solicitar apoyo, proponer una idea en una reunión. No son gestos “heroicos”, pero construyen evidencia interna de capacidad, y esa evidencia compite directamente con la vieja creencia de impotencia.

Estructuras que alimentan la sensación de impotencia

Aun así, sería simplista reducirlo todo a voluntad individual. La creencia de “no tengo poder” a menudo nace en contextos donde el poder está distribuido de forma desigual: racismo, sexismo, precariedad, violencia o burocracias que castigan la discrepancia. Walker, cuya obra aborda la opresión y la dignidad, escribe desde un lugar donde la negación del poder no es imaginaria, sino históricamente inducida. Precisamente por eso la frase es más incisiva: señala que, además de resistir estructuras injustas, también hay que disputar el efecto psicológico que esas estructuras buscan instalar. La dominación funciona mejor cuando el dominado se convence de que su acción es inútil. Recuperar poder implica, entonces, un doble movimiento: cambiar condiciones cuando se pueda y, a la vez, rehusarse a pensar que no se puede hacer nada.

Microdecisiones: dónde empieza la recuperación

En la vida diaria, la renuncia al poder suele verse en microdecisiones: no hacer una pregunta “para no molestar”, aceptar un trato injusto “porque así es”, postergar una conversación necesaria “porque no servirá”. Pero esos pequeños silencios tienen un costo acumulativo: modelan la identidad como alguien que se adapta, no como alguien que influye. Por contraste, recuperar poder puede comenzar con una sola acción concreta y verificable. Por ejemplo, alguien que se cree incapaz de negociar puede empezar pidiendo por escrito los criterios de evaluación en su trabajo; no es una confrontación, pero sí un acto de agencia. Luego, esa experiencia abre la puerta a la siguiente: preparar datos, plantear una propuesta, buscar aliados. Paso a paso, el poder deja de ser una abstracción motivacional y se convierte en hábito.

De la conciencia a la acción colectiva

Finalmente, la frase de Walker se expande más allá del individuo: cuando muchas personas creen que no tienen poder, la comunidad pierde capacidad de transformar su realidad. Por eso, reconocer poder no es solo autoestima; es también ciudadanía. Hannah Arendt, en *The Human Condition* (1958), distingue el poder como algo que surge cuando las personas actúan en conjunto; no es solo fuerza, es coordinación y palabra pública. Así, el antídoto más fuerte contra la renuncia silenciosa no siempre es “ser más valiente” en solitario, sino conectar con redes: sindicatos, asociaciones vecinales, grupos de apoyo, espacios de formación. En ese tránsito, la intuición de Walker se completa: el poder que parecía inexistente aparece cuando se nombra, se ejercita y se comparte.

Un minuto de reflexión

¿Por qué podría importar esta frase hoy y no mañana?

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