El error de querer permanecer en un estado

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Donde la gente falla es en que desean elegir un estado y permanecer en él. — Anaïs Nin

¿Qué perdura después de esta línea?

La incomodidad del cambio inevitable

Anaïs Nin señala un tropiezo común: anhelamos estabilidad emocional, identitaria o vital, como si existiera un lugar interior al que llegar y, por fin, descansar. Sin embargo, la experiencia cotidiana contradice esa promesa; incluso cuando “todo va bien”, aparecen matices, dudas o nuevas necesidades. Así, el fracaso no nace del cambio en sí, sino del choque entre la realidad móvil de la vida y nuestra expectativa de permanencia. A partir de ahí, la frase funciona como advertencia y como alivio: si nada queda fijo, entonces no estar “instalados” no es señal de defecto personal. Es, más bien, una condición humana que se vuelve problemática únicamente cuando intentamos congelarla.

Identidad: de destino a proceso

Conectando con esa idea, Nin cuestiona la identidad entendida como un estado final: “ser” algo y conservarlo intacto. En la práctica, la identidad se parece más a un relato que reescribimos según experiencias, vínculos y pérdidas. Si pretendemos fijarla, terminamos defendiendo una versión antigua de nosotros mismos, aunque ya no nos quede bien. Por eso el deseo de permanecer en un estado suele traer rigidez: mantener el personaje competente, la persona fuerte, la pareja perfecta. En cambio, asumir la identidad como proceso permite cambios sin drama excesivo: no se trata de traicionarse, sino de actualizarse.

Emociones que se mueven, no se obedecen

Luego aparece el terreno emocional, donde la frase de Nin cobra especial claridad. Muchas personas quieren elegir “estar bien”, “estar motivadas” o “estar en paz” como si se tratara de un interruptor. Pero las emociones funcionan más como un clima: se transforman por factores internos y externos, y a menudo cambian sin pedir permiso. Cuando exigimos quedarnos en un estado, convertimos una emoción en mandato y el resto en amenaza. En lugar de escuchar la información que trae la tristeza o el miedo, los vivimos como fallas. La paradoja es que, al resistirlos, suelen durar más.

Relaciones: el mito de la etapa definitiva

A continuación, la misma trampa se traslada a las relaciones: querer llegar a una fase estable y mantenerla para siempre. Se idealiza un período —el enamoramiento, la calma, la complicidad— y se interpreta cualquier transición como deterioro. Sin embargo, las relaciones sanas pasan por estaciones: cercanía, distancia, negociación, reencuentro. Un ejemplo sencillo es el de una pareja que, tras un cambio laboral o una mudanza, nota menos espontaneidad. Si lo leen como “ya no somos los de antes”, se desesperan; si lo entienden como ajuste temporal, pueden crear nuevas rutinas y recuperar intimidad en otra forma. La continuidad no consiste en quedarse iguales, sino en seguir construyendo.

Control, perfeccionismo y la promesa de seguridad

Detrás del deseo de permanecer suele haber una búsqueda de control: si el estado es fijo, el mundo parece predecible. Por eso el perfeccionismo se engancha a estados “correctos” —ser productivo, ser sereno, ser admirable— y vive cualquier fluctuación como amenaza a la valía personal. El problema es que la vida introduce variaciones inevitables: cansancio, duelo, cambios de prioridad. En ese sentido, Nin sugiere que el fallo no es sentir esa necesidad de seguridad, sino convertirla en estrategia central. La seguridad más realista no proviene de congelar estados, sino de desarrollar capacidad de adaptación.

Aprender a transitar: práctica de flexibilidad

Finalmente, la salida implícita es aprender a transitar estados sin absolutizarlos. Eso puede significar nombrar lo que ocurre (“hoy estoy más ansioso”), permitirlo sin convertirlo en identidad (“no soy ansiedad”), y actuar con pequeños anclajes: descanso, conversación honesta, límites, o simplemente esperar a que la ola baje. Así, la frase de Nin no invita a resignación, sino a madurez: en lugar de elegir un estado y aferrarse, elegir una actitud ante el movimiento. Cuando aceptamos la naturaleza cambiante de la experiencia, dejamos de fallar por no “mantenernos” y empezamos a vivir con más verdad.

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