
Los adultos pueden beneficiarse del juego tanto como los niños, no solo como una recompensa, sino como algo que ayuda a regular. — Valentina Ogaryan
—¿Qué perdura después de esta línea?
Replantear el juego en la adultez
La frase de Valentina Ogaryan parte de una corrección cultural: solemos tratar el juego como un lujo infantil o, en el mejor de los casos, como un “premio” después de cumplir obligaciones. Sin embargo, al afirmar que los adultos pueden beneficiarse tanto como los niños, la autora sugiere que jugar no es un capricho, sino una necesidad humana que no caduca con la edad. A partir de ahí, el foco se desplaza de la productividad hacia el bienestar. Si el juego también es para adultos, entonces puede ocupar un lugar legítimo en la vida diaria, no como evasión, sino como una práctica que sostiene la salud mental y la conexión con uno mismo y con otros.
Juego como herramienta de regulación emocional
La idea clave llega con “algo que ayuda a regular”: el juego no solo entretiene, también modula estados internos como el estrés, la irritabilidad o la fatiga mental. Así como un niño procesa experiencias difíciles jugando, un adulto puede reorganizar su mundo interno mediante actividades lúdicas que ofrecen seguridad, ritmo y curiosidad. En este sentido, el juego funciona como un “interruptor” suave del sistema nervioso: cambia el tono emocional sin exigir una explicación racional inmediata. Por eso, tras una jornada tensa, una partida breve, improvisar música o dibujar puede devolver una sensación de agencia y calma que no se obtiene únicamente descansando de forma pasiva.
De la recompensa al mantenimiento cotidiano
Cuando el juego se entiende como recompensa, queda subordinado al mérito: “juego si me lo gané”. Ogaryan propone lo contrario: considerarlo mantenimiento, como dormir o comer bien. Ese giro es importante porque la regulación no debería depender de llegar al límite; idealmente se practica antes de desbordarse. Además, este cambio reduce la culpa. Si el juego es parte de la higiene emocional, entonces se planifica y se protege. En vez de aparecer al final de la semana como escape, puede insertarse en microdosis diarias que previenen el agotamiento y hacen más sostenible el trabajo, la crianza y las relaciones.
El cuerpo también juega: estrés y recuperación
La regulación no ocurre solo en la mente; también es corporal. Actividades lúdicas con movimiento—bailar sin técnica, lanzar una pelota, caminar con un objetivo divertido—ayudan a descargar tensión y a recuperar flexibilidad física y psicológica. En esa línea, el juego aporta variación, y la variación es un antídoto contra la rigidez que suele acompañar el estrés crónico. Por eso, incluso juegos “simples” pueden ser profundamente restaurativos: reír con amigos, armar un rompecabezas, cocinar como experimento. No se trata de rendimiento, sino de permitirle al cuerpo un modo seguro de activación y vuelta a la calma.
Vínculo y pertenencia a través de lo lúdico
A continuación aparece un beneficio social: el juego crea intimidad sin exigir confesiones. Compartir una actividad lúdica coordina tiempos, miradas y objetivos, y eso puede reforzar el sentido de pertenencia. En la adultez, donde el vínculo suele quedar reducido a “ponernos al día”, lo lúdico ofrece otra vía para estar juntos. Aquí encaja una escena cotidiana: un grupo que se reúne a jugar cartas o a un videojuego cooperativo termina hablando de la semana, sí, pero lo hace con menos presión. El juego sostiene el encuentro y, al mismo tiempo, regula el clima emocional del grupo.
Cómo integrar el juego sin infantilizarse
Finalmente, la propuesta no implica “volver a ser niño” ni negar responsabilidades, sino recuperar una capacidad: explorar sin miedo a hacerlo perfecto. Integrar el juego puede empezar con preguntas prácticas: ¿qué actividad me da curiosidad?, ¿en cuál pierdo la noción del tiempo?, ¿con quién me siento liviano? Con ese criterio, el juego adulto puede ser creativo (escritura libre), estratégico (ajedrez), físico (escalada recreativa) o social (impro teatral). Lo importante es que cumpla la función que señala Ogaryan: no ser un premio lejano, sino una herramienta cercana para volver al propio centro cuando la vida se desordena.
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