Lo difícil no es ir, sino decir guau
Ir es fácil. Guau es difícil. — Suleika Jaouad
—¿Qué perdura después de esta línea?
La sencillez de marcharse
La frase de Suleika Jaouad abre con una aparente obviedad: ir es fácil. A menudo, moverse —cambiar de ciudad, dejar un trabajo, cortar una relación— se percibe como una acción clara, casi mecánica, porque basta con dar el paso y asumir la logística. Incluso cuando duele, la salida ofrece una forma de control: uno decide el momento, el rumbo y el relato. Sin embargo, esa facilidad no siempre proviene de la valentía, sino de la inercia moderna: estamos entrenados para avanzar, optimizar y pasar página. Por eso, “ir” puede convertirse en una estrategia de supervivencia que evita el contacto con lo verdaderamente difícil: quedarse lo suficiente como para sentir, mirar y reconocer lo que ocurre.
El peso de decir “guau”
Luego aparece el giro: “guau es difícil”. Decir “guau” implica detenerse ante algo y admitir asombro, belleza o gratitud sin defenderse con ironía. Es una palabra breve, pero emocionalmente expuesta: declara que algo nos afecta, que nos supera un poco y que no tenemos una explicación completa. Además, el asombro requiere presencia. Mientras “ir” puede hacerse en piloto automático, “guau” exige atención fina: escuchar de verdad, observar con paciencia, permitir que una experiencia nos transforme aunque sea mínimamente. En ese sentido, la dificultad no es lingüística, sino existencial: es más arduo abrirse que desplazarse.
Asombro como vulnerabilidad
A medida que la idea se asienta, se entiende que “guau” también es una forma de vulnerabilidad. Quien se maravilla baja la guardia y acepta que algo —una persona, un paisaje, una conversación— tiene poder para conmoverlo. En culturas donde la autosuficiencia se premia, esa confesión puede sentirse riesgosa. Por eso no sorprende que muchas veces sustituyamos el asombro por juicio: en vez de “guau”, decimos “está bien” o “no es para tanto”. Así nos protegemos del posible desencanto. Sin embargo, Jaouad sugiere que esa protección tiene un costo: nos vuelve hábiles para irnos, pero torpes para vivir con plenitud lo que está frente a nosotros.
La prisa que borra lo extraordinario
En continuidad con lo anterior, la frase funciona como crítica suave a la prisa. Cuando la mente está orientada a la siguiente meta, el mundo se vuelve utilitario: lugares para atravesar, personas para coordinar, días para completar. En ese marco, lo extraordinario se vuelve invisible, no porque no exista, sino porque no lo miramos el tiempo suficiente. Decir “guau” es, entonces, un acto de resistencia contra la aceleración. Es elegir una pausa donde el valor no está en producir ni en ganar, sino en percibir. Y esa pausa, aunque parezca pequeña, reentrena la mirada: nos devuelve matices, recupera el sentido de lo vivo y reabre la posibilidad de sorpresa.
Una práctica cotidiana de gratitud
Finalmente, “guau” puede entenderse como una práctica: no un arrebato raro, sino un hábito de gratitud concreta. No se trata de negar el dolor ni de romantizarlo; se trata de reconocer que, incluso en días difíciles, hay instantes que merecen ser nombrados. En *The Book of Delights* (2019), Ross Gay escribe breves piezas de atención agradecida que muestran cómo lo cotidiano puede volverse luminoso cuando se mira con cuidado. Así, la frase de Jaouad deja una invitación clara: quizá no necesitamos aprender a ir —ya sabemos—, sino reaprender a quedarnos lo suficiente para decir “guau”. Y en ese aprendizaje, lo simple vuelve a ser profundo.
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