Dejar de buscarse en la aprobación ajena

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No nos hacemos ningún favor cuando buscamos en la multitud que nos diga dónde estamos. — Erin Loechner

¿Qué perdura después de esta línea?

Una brújula prestada que no orienta

Erin Loechner advierte que no ganamos nada cuando pedimos a la multitud que nos diga dónde estamos, porque esa multitud no funciona como mapa: funciona como ruido. En apariencia, la opinión colectiva ofrece certezas rápidas—un “vas bien” o un “te equivocaste”—pero, en el fondo, suele medirnos con reglas que no elegimos. A partir de ahí, la frase invita a notar un detalle crucial: si la orientación viene de afuera, también queda afuera el control. Y cuando el juicio ajeno cambia—porque siempre cambia—nuestra sensación de identidad se desplaza con él, como una veleta.

La aprobación como sustituto de identidad

Además, buscarse en la mirada de los demás puede convertirse en un atajo seductor: en lugar de preguntarnos qué pensamos o qué deseamos, preguntamos qué “se supone” que deberíamos pensar o desear. Es una forma elegante de posponer decisiones propias, disfrazada de sociabilidad. Sin embargo, ese sustituto cobra un precio: cuanto más dependemos del veredicto externo, menos entrenamos la capacidad de autoevaluarnos. Así, la multitud termina ocupando el lugar de una conciencia personal que debería afinarse con práctica, errores y honestidad.

El espejismo de la multitud y las redes

En el presente, la “multitud” rara vez es una plaza; suele ser un feed. Los indicadores públicos—likes, comentarios, visualizaciones—parecen responder a la pregunta “¿dónde estoy?”, pero en realidad responden otra: “¿qué reacciona mejor?”. Ese desplazamiento confunde valor con visibilidad. Por eso, incluso cuando llega la validación, puede sentirse hueca: no confirma quién eres, sino qué versión tuya resultó más digerible para el algoritmo o para el clima social del momento. Y entonces aparece la necesidad de repetir la dosis para no perder el lugar.

El costo emocional de la comparación

Luego viene la comparación, que es el lenguaje natural de la multitud. Si el entorno dicta el estándar, el yo queda reducido a ranking: mejor/peor, antes/después, dentro/fuera. Esa lógica no sólo erosiona la autoestima; también estrecha la imaginación, porque nos empuja a copiar rutas ajenas en vez de diseñar la propia. Un ejemplo cotidiano lo muestra: alguien cambia de carrera no por curiosidad genuina, sino porque su círculo celebra cierto tipo de éxito; al conseguirlo, descubre que el logro no lo habita. La multitud aplaudió, pero no supo decirle dónde estaba por dentro.

Volver al criterio interno

Frente a eso, la frase sugiere un giro: orientarse desde un criterio interno. No significa ignorar a los demás, sino decidir qué voces merecen peso y con qué propósito. Un mentor, un amigo honesto o una comunidad elegida pueden ayudar, pero no para dictar identidad, sino para acompañar claridad. Así, el acto de ubicarse se vuelve más artesanal: reconocer valores, límites, deseos y responsabilidades. Cuanto más nítido es ese marco, menos necesidad hay de que una multitud lo certifique.

Una práctica de silencio y elección

Finalmente, “no nos hacemos ningún favor” suena a consejo práctico: si queremos ubicarnos, conviene crear condiciones para escucharnos. A veces eso implica distancia temporal—no responder de inmediato—o distancia digital—no medir cada paso con reacción pública. Con el tiempo, la pregunta deja de ser “¿qué piensa la gente de mí?” y se acerca a “¿qué es coherente conmigo hoy?”. En esa transición, la multitud pierde su papel de juez y recupera uno más sano: el de contexto, no el de destino.

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