
El joven o la joven debe poseer o enseñarse a sí mismo, entrenarse a sí mismo, en una paciencia infinita, que consiste en intentar e intentar e intentar hasta que salga bien. Debe entrenarse a sí mismo en una intolerancia implacable. — William Faulkner
—¿Qué perdura después de esta línea?
La doble exigencia de Faulkner
A primera vista, la frase de William Faulkner parece unir dos virtudes opuestas: una paciencia infinita y una intolerancia implacable. Sin embargo, su fuerza está precisamente en esa tensión. El joven, dice, debe perseverar sin descanso en el esfuerzo, pero al mismo tiempo negarse a aceptar resultados flojos, excusas fáciles o versiones incompletas de sí mismo. Así, Faulkner no propone una paciencia pasiva, sino una disciplina activa. Intentar una y otra vez no significa conformarse con cualquier avance, sino sostener el trabajo hasta alcanzar una forma más alta de excelencia. La paciencia sirve para continuar; la intolerancia, para corregir el rumbo.
Aprender a formarse por cuenta propia
Además, la cita subraya algo decisivo: el joven debe “enseñarse a sí mismo” y “entrenarse a sí mismo”. Con ello, Faulkner desplaza la responsabilidad del crecimiento desde la escuela, la familia o la sociedad hacia el individuo. Aunque otros puedan orientar, la verdadera formación comienza cuando uno adopta voluntariamente hábitos de exigencia interior. En ese sentido, la frase recuerda la tradición del autodominio presente en Marco Aurelio, cuyas Meditaciones (c. 170 d. C.) insisten en gobernar la propia mente antes de pretender gobernar el mundo. Faulkner moderniza esa ética: no basta con tener talento juvenil; hay que forjarlo mediante práctica deliberada y vigilancia constante.
La paciencia como método de creación
Llevada al terreno artístico o intelectual, esta idea adquiere un peso especial. Faulkner, autor de novelas como The Sound and the Fury (1929), conocía bien la dificultad de convertir intuiciones confusas en obras logradas. Por eso, su “intentar e intentar e intentar” no suena a consigna vacía, sino a descripción honesta del trabajo creativo real. De hecho, toda creación madura suele pasar por borradores fallidos, correcciones y retrocesos. Primero aparece el impulso; luego, la resistencia del oficio. En esa transición, la paciencia infinita permite soportar la frustración de no lograr de inmediato lo imaginado. Sin ella, el creador abandona antes de descubrir lo que realmente podía hacer.
La intolerancia frente a la mediocridad
Sin embargo, Faulkner no glorifica el esfuerzo por el esfuerzo mismo. Junto a la paciencia, exige una “intolerancia implacable”, es decir, una negativa firme a aceptar la mediocridad. Esta intolerancia no debe entenderse como crueldad hacia otros, sino como rigor frente a la propia complacencia. Es la voz interior que advierte que algo todavía no está a la altura. En este punto, su pensamiento se acerca a Gustave Flaubert, cuyas cartas del siglo XIX muestran una obsesión casi feroz por la frase exacta, le mot juste. La lección es clara: la perseverancia solo tiene valor si está guiada por un estándar alto. De otro modo, repetir errores sin corregirlos no es disciplina, sino estancamiento.
Juventud, carácter y resistencia
Por otra parte, Faulkner sitúa esta enseñanza en la juventud porque ahí se forma el carácter profundo. En los primeros años de ambición, el fracaso suele sentirse definitivo; precisamente por eso, aprender a insistir se vuelve una ventaja moral antes que técnica. Cada intento fallido deja de ser una humillación y se convierte en entrenamiento para resistir. Esta visión enlaza con la noción de “grit” desarrollada por Angela Duckworth en Grit (2016), donde la perseverancia sostenida pesa tanto como el talento inicial. Faulkner va incluso más lejos: no solo pide resistencia en el tiempo, sino también una insatisfacción fértil que impida dormirse en los logros prematuros.
Una ética exigente para la vida entera
Finalmente, la cita trasciende la literatura y puede leerse como una regla para cualquier vocación. Ya sea en el estudio, en un oficio o en la vida personal, avanzar de verdad exige soportar la lentitud del aprendizaje y rechazar la tentación de rendirse o de conformarse. La paciencia infinita sostiene el proceso; la intolerancia implacable preserva la calidad de la meta. En conjunto, Faulkner ofrece una ética severa pero fértil: repetir sin cansancio y juzgar sin indulgencia. Lejos de desalentar, esa combinación dignifica el esfuerzo humano, porque recuerda que la excelencia rara vez nace de un destello espontáneo. Casi siempre se construye, intento tras intento, bajo la presión de una conciencia que no se permite aflojar.
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