El juego también nutre la vida adulta

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Los adultos pueden beneficiarse del juego tanto como los niños. Adelante, baila con tu perro o const
Los adultos pueden beneficiarse del juego tanto como los niños. Adelante, baila con tu perro o construye algo solo por diversión. — Dra. Elinore McCance-Katz

Los adultos pueden beneficiarse del juego tanto como los niños. Adelante, baila con tu perro o construye algo solo por diversión. — Dra. Elinore McCance-Katz

¿Qué perdura después de esta línea?

Romper el mito de la seriedad

A primera vista, la frase de la Dra. Elinore McCance-Katz cuestiona una idea muy arraigada: que jugar es cosa de niños y que la adultez exige una seriedad constante. Sin embargo, al invitar a bailar con el perro o a construir algo solo por diversión, sugiere que el juego no es una frivolidad, sino una forma legítima de bienestar. En ese gesto cotidiano, lo lúdico reaparece como una necesidad humana que no desaparece con la edad. De hecho, esta perspectiva se alinea con una visión más amplia del desarrollo personal. El historiador Johan Huizinga, en Homo Ludens (1938), defendió que la cultura misma nace del juego. Así, la cita no solo anima a relajarse, sino también a recuperar una capacidad esencial para imaginar, conectar y habitar la vida con mayor libertad.

El juego como alivio del estrés

A partir de ahí, resulta claro que el juego ofrece algo especialmente valioso para los adultos: una pausa frente a la presión acumulada. Entre responsabilidades laborales, familiares y económicas, muchas personas viven en un estado de tensión sostenida. Jugar, incluso durante unos minutos, interrumpe ese circuito y permite que el cuerpo y la mente salgan del modo de vigilancia. Por eso, acciones sencillas y absurdamente felices —como improvisar un baile en la cocina— pueden tener un efecto restaurador. En este sentido, la ciencia moderna refuerza la intuición de la cita. Stuart Brown, en Play: How It Shapes the Brain, Opens the Imagination, and Invigorates the Soul (2009), argumenta que el juego favorece la resiliencia emocional y reduce la rigidez mental. Así, lo que parece un capricho termina siendo una herramienta concreta para enfrentar la vida con más flexibilidad.

Creatividad sin propósito utilitario

Además, la recomendación de construir algo solo por diversión encierra una idea profunda: no toda actividad valiosa debe tener una meta productiva. En la vida adulta, muchas acciones quedan subordinadas al rendimiento, la eficiencia o el resultado. Frente a eso, el juego reivindica el placer de hacer algo porque sí. Ese espacio sin utilidad inmediata libera a la mente de la exigencia y abre la puerta a la curiosidad. Precisamente ahí florece la creatividad. Donald Winnicott, en Playing and Reality (1971), sostuvo que en el juego surge una zona intermedia donde la persona experimenta, inventa y se descubre. Por eso, armar una figura, pintar sin plan o tocar un instrumento sin intención de mejorar no es perder el tiempo: es ensayar otras formas de pensar y de estar en el mundo.

Vínculos más vivos y espontáneos

A su vez, la imagen de bailar con un perro introduce otro beneficio fundamental: el juego fortalece los vínculos. Jugar con otros —sean amigos, pareja, hijos o incluso una mascota— crea momentos de sincronía, risa compartida y presencia genuina. En lugar de relacionarse solo a través de obligaciones o conversaciones funcionales, el juego permite encontrarse desde la espontaneidad. Esta dimensión relacional tiene un peso real en la salud emocional. Investigaciones sobre interacción social y bienestar, como las difundidas por Jaak Panksepp en Affective Neuroscience (1998), han mostrado que los sistemas emocionales asociados al juego favorecen la conexión y la confianza. De ese modo, lo lúdico deja de ser un lujo privado y se convierte en una forma concreta de alimentar la cercanía con los demás.

Recuperar una parte olvidada del yo

Finalmente, la cita apunta a algo más íntimo: muchos adultos no han perdido la capacidad de jugar, sino el permiso para hacerlo. Con el tiempo, algunas personas asocian la madurez con control, compostura y utilidad permanente. En consecuencia, relegan la ligereza a un rincón vergonzante de su identidad. La invitación de McCance-Katz funciona entonces como una autorización simbólica para volver a una parte de sí mismos que sigue viva. En última instancia, jugar en la adultez no significa negar las responsabilidades, sino equilibrarlas con experiencias de alegría gratuita. Ese equilibrio puede parecer pequeño —un baile torpe, una construcción improvisada, una risa inesperada—, pero a menudo basta para recordar que una vida plena no solo se sostiene con disciplina, sino también con juego.

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