

Las pantallas adormecen el malestar. El verdadero crecimiento ocurre cuando nos sentamos con él, lo nombramos y aprendemos a respirar a través de él. — P. Pra. Sandhyaya
—¿Qué perdura después de esta línea?
La pantalla como refugio inmediato
La frase de P. Pra. Sandhyaya comienza señalando una costumbre profundamente contemporánea: recurrir a las pantallas para suavizar lo que sentimos. Cuando aparece la ansiedad, el aburrimiento o la tristeza, deslizar el dedo sobre el teléfono ofrece una distracción rápida, casi automática. Sin embargo, ese alivio suele ser breve, porque no resuelve el malestar; simplemente lo cubre por un momento. Así, la pantalla funciona como una manta emocional: cómoda, accesible y aparentemente inocente. Pero, poco a poco, puede impedirnos escuchar lo que la incomodidad intenta decirnos. En lugar de preguntarnos qué duele, qué falta o qué necesita atención, nos acostumbramos a cambiar de estímulo.
Sentarse con lo incómodo
A partir de ahí, la cita propone un giro esencial: el crecimiento no ocurre cuando escapamos del malestar, sino cuando aprendemos a permanecer con él. Sentarse con una emoción difícil no significa rendirse ante ella ni dramatizarla; significa permitir que exista sin huir inmediatamente. Esta actitud recuerda prácticas contemplativas antiguas, como la atención plena budista, donde observar la experiencia sin juicio es el primer paso hacia la comprensión. En ese espacio de quietud, el malestar deja de ser un enemigo abstracto. Se vuelve una señal concreta: cansancio acumulado, miedo al rechazo, duelo no expresado o necesidad de cambio. Permanecer permite distinguir entre el ruido superficial y la verdad emocional que espera debajo.
Nombrar para comprender
Después de sentarnos con lo que duele, Sandhyaya sugiere nombrarlo. Este paso es crucial, porque aquello que no tiene nombre suele sentirse más grande e incontrolable. Decir “estoy ansioso”, “me siento solo” o “tengo miedo” transforma una sensación difusa en una experiencia reconocible. La psicología moderna ha observado algo similar: el etiquetado emocional puede reducir la intensidad de una reacción, como muestran estudios de Matthew Lieberman y colegas (2007) sobre la regulación afectiva. Nombrar no elimina el problema, pero abre una puerta. Cuando una persona identifica su tristeza como duelo, o su irritación como agotamiento, deja de pelear contra una sombra. Entonces puede responder con más precisión, cuidado y honestidad.
Respirar a través del dolor
La respiración aparece en la cita como una herramienta sencilla pero profunda. No se trata de respirar para borrar lo que sentimos, sino de respirar mientras lo sentimos. En momentos de angustia, el cuerpo suele tensarse y la mente acelera; volver al aire que entra y sale crea un ancla. Tradiciones como el yoga y prácticas clínicas contemporáneas, incluida la terapia basada en mindfulness desarrollada por Jon Kabat-Zinn (1990), han destacado este vínculo entre respiración, conciencia y regulación emocional. Por eso, respirar a través del malestar es una forma de decirle al cuerpo: “puedo estar aquí”. La emoción quizá siga presente, pero ya no gobierna por completo. Entre una inhalación y otra aparece una pequeña libertad.
Del alivio rápido al crecimiento real
En consecuencia, la cita contrapone dos caminos: el alivio inmediato y la transformación auténtica. Las pantallas ofrecen escape; la presencia ofrece aprendizaje. El primero puede ser útil en dosis moderadas, pero si se convierte en hábito principal, nos roba la oportunidad de madurar emocionalmente. El segundo exige más valentía, porque implica mirar de frente lo que preferiríamos evitar. El verdadero crecimiento surge cuando dejamos de tratar el malestar como una interrupción y comenzamos a verlo como información. Una tarde sin distracciones, una conversación honesta o unos minutos de respiración consciente pueden revelar más que horas de entretenimiento automático. Así, lo incómodo se convierte en maestro.
Una práctica para la vida cotidiana
Finalmente, el mensaje de Sandhyaya no pide rechazar la tecnología, sino recuperar la capacidad de elegir. Antes de abrir una aplicación por impulso, podemos hacer una pausa y preguntarnos: “¿Qué estoy evitando sentir?”. Esa pregunta sencilla cambia la relación con el malestar, porque introduce conciencia donde antes había automatismo. Con el tiempo, esta práctica construye una forma más amable de fortaleza. No es dureza ni indiferencia, sino presencia. Aprender a sentarnos con lo que duele, nombrarlo y respirar a través de ello nos devuelve a nosotros mismos. Y, desde ahí, la vida deja de ser una serie de escapes para convertirse en un proceso de comprensión.
Un minuto de reflexión
¿Qué te pide esta cita que observes hoy?
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