Para Adler, lo imaginario no es una excusa para exagerar, sino un estímulo concreto: el “si” teatral. Así, un juicio, un duelo o una despedida pueden ser inventados, pero la forma de vivirlos debe anclarse en impulsos auténticos: escuchar, decidir, resistir, ceder.
En consecuencia, el trabajo del actor se parece más a sostener una lógica emocional coherente que a “sentir mucho”. Una anécdota típica de escuela ilustra esto: cuando un estudiante intenta llorar a voluntad, suele tensarse; cuando se concentra en la pérdida específica que la escena propone —quién se va, qué se rompe, qué queda—, la emoción aparece como resultado, no como meta. [...]