Finalmente, la frase invita a abandonar la fantasía de la comunidad perfecta y apostar por la comunidad posible: gente imperfecta, pero constante; vínculos que no siempre tienen grandes gestos, pero sí presencia. A veces se trata de un grupo de vecinos, un equipo pequeño, un club, una comunidad de fe o un par de amistades que se toman en serio tu vida cotidiana.
Y cuando esa comunidad se vuelve un hábito—no una reacción a la crisis—tu desempeño deja de ser el centro. En su lugar aparece algo más estable: una red que te recuerda que tu realidad merece apoyo incluso cuando no hay aplausos, y que tu valor no depende del marcador del día. [...]